Esta mañana, a las 10:00, a los 86 años de edad mi papá, Ernesto Ignacio Virgili, se fue de nuestra vida después de una agonía de varios días. Los médicos dicen que la causa fue un paro cardiorrespiratorio por un cuadro infeccioso que se agravó en los últimos dos meses, pero yo creo que finalmente papá se rindió y encontró la manera de irse luego de 10 años de extrañar a mamá... no luchó más por estar aquí, y se fue nomás.
Hoy todo es muy confuso aún. Todavía uno no cae bien en la realidad de la ausencia definitiva que trae la muerte. Hoy es el tiempo de los trámites funerarios, manejados por comerciantes del dolor que sólo saben hablar de tarifas y ponen altísimos costos a la necesidad de dar cristiana sepultura a los seres queridos. Mañana lo enterraremos junto a mamá en un cementerio privado, como si el verde esplendoroso que nos cautiva a nosotros, también les gustara a ellos. En fin, es el obligado camino de los sepelios y de los ritos que nos dejan más tranquilos a los vivos que a los que murieron.
Saliendo de lo burocrático, queda una sensación de orfandad muy importante. A mis 57 años, ya abuelo, no me avergüenza sentirme un poco solo ahora que no tengo padres vivos. Es como sentirme soltado de una mano que si bien no necesitaba para andar, estaba tocándome desde el amor y desde la sangre para caminar por la vida. Ahora ni mamá ni papá están conmigo y ellos eran los únicos que tenían amor incondicional como todos los padres con sus hijos. Fui y soy un hijo independiente, pero ese afecto y contención paternales son irremplazables.
De papá puedo decir que se fue un grande, el último varón de los Virgili por parte del abuelo "Pepe". Queda solamente la tía María de tan numerosa familia. Mi cabeza es un torbellino de recuerdos y mi alma se rebela un poco aún a la realidad de su muerte, pero debía ser así nomás, era su tiempo de irse.
Tal vez para evadir un poco la angustia de la ausencia lo imagino a papá en un reencuentro deseado con mamá, quizás caminando nuevamente las calles de Maza como cuando se conocieron en su época de Delegado o bailando el tango "Tormenta", como aquella primera vez que pudo rodearla con sus brazos. Tal vez antes que eso se fue directamente para el campo de los abuelos en La Pala, con alpargatas, recorriendo nuevamente esa tierra y esos lugares que jamás pudo desprender de sus recuerdos y su nostalgia. Me haría feliz que esté allí en sus pagos mozos, donde vivió años inolvidables.
No lo dudo, estará alegre del brazo de mamá y rodeado de sus padres y hermanos, festejando un reencuentro que jamás dejó de desear con todo su corazón.
Papá era un hombre extraordinario, en todo sentido. Tuvo, como todos, aciertos y errores, pero fue un padre cabal. Lo que no le salió bien fue porque no supo o no pudo, pero jamás por no haber querido. Sin embargo, el balance es impecable: vivió para nosotros y por nosotros hasta el final.
Hoy he llorado y seguramente volveré a llorar, como los hombres y no como la criaturas. Lloré el dolor de tener que resignarme a no verlo nunca más, ni escuchar su voz y los relatos de su juventud, ni sentir su mano enorme en mi espalda o, peor, a no ver más la mirada de amor de sus ojos en los míos.
Tenía la ilusión de que llegara a mayo, para poder mostrarle el libro del centenario de Maza, donde aparecerá como el Delegado más antiguo con vida, pero no quiso esperar más. De todas formas, espero ir y, seguramente, su alma estará allí festejando con alegría y felicidad como uno más, con la satisfacción de haber cumplido... y también es seguro que lo veré entre la gente.
Soy creyente y él lo era también. No dudo que Dios le dejará cumplir estos sueños que evoco abreviadamente aquí, de regresar a sus pagos, donde fue feliz y donde dejó raíces que nunca se cortaron. En algunos años, espero que sea yo quien haga ese "viaje" para seguir juntando a la familia.
Por ahora, papá me deja un hondo hueco en la vida y en el alma, y no tiene solución.