domingo, 11 de junio de 2006

El centenario de Villa Maza

Después de una racha de problemas de salud, incluyendo el accidente automovilístico de una de mis hijas (ya en vías de superación), tengo el deseo de siquiera intentar resumir lo que fue asistir a los festejos del centenario de Villa Maza, los pasados días 5 y 6 de mayo.

Con mi esposa teníamos preparado el viaje de antemano y la seguridad de que la distancia no era obstáculo para asisitir porque nuestros primos Jorge y Elsa se encargaban de eso, además de sus miles de preocupaciones propias por los preparativos.

Llegamos a Maza el viernes alrededor del mediodía y asistimos a casi todos los eventos hasta el sábado a eso de las 17:30, que partimos para Santa Rosa.

No tenemos palabras para describir lo que toda la comunidad macense y otras instituciones organizaron para el deleite emocional y visual de quienes pudimos ir. Creo que lo más destacable de todo fue la sensación permanente de ver una extraordinaria organización pero, sobre todo, realizada con el amor y el entusiasmo que no todos pueden enorgullecerse de lograr. Los macenses lo lograron ampliamente, desde cada casa, calle y esquina prolija y engalanada, hasta la atención hospitalaria de cada vecino que, francamente, nos hace dar envidia a quienes vivimos en ciudades grandes.

Destaco, entre lo destacable, las vivencias fuertes que me tocó superar al transitar la plaza en la que papá caminaba 60 años antes (y donde recordaba que las vacas en tránsito se subían a comer los canteros que él hacía plantar), solo como Delegado o de novio con mamá; el impactante espectáculo musical que nos regalaron el conjunto folclórico local y, especialmente, esos "duelos" entre tres artistas de la calidad de Vitale, su vientista y su guitarrista; y el almuerzo increíble de 3.000 personas! Pocas veces vi tanta organización para una cosa tan enorme como ese almuerzo. El hospital móvil, las ambulancias, los bomberos, la policía, los médicos, los baños químicos, las carpas, las mesas y sillas, la comida a punto, la serenidad completa del ambiente, la cordialidad, la energía de cientos de encuentros entre familiares y amigos después de muchos años, en fin, deja sin palabras o, como se dice vulgarmente: "con la boca abierta".

En el caso mío y de mi esposa resulta ineludible una frase de gratitud inmensa a Jorge, Elsa y sus hijos. Fueron nuestros anfitriones en su casa y en medio de los momentos más turbulentos de la organización del centenario, donde seguramente han sido una de las familias más involucradas en todos los detalles y responsabilidades; sin embargo, no lo notamos. Su casa fue la nuestra y su familia también, porque donde no podían darnos atención ellos lo hacía alguno de sus hijos. Nos fuimos realmente emocionados por semejante muestra de amor y generosidad.

Por lo demás, no queda mucho por decir, salvo que disfrutamos casi dos días de completa felicidad, alegría y reencuentros, como nunca pudimos imaginar. Es sin temor alguno a equivocarme, una de las vivencias más importantes de mi vida, de las que jamás se olvidan y de las que jamás querríamos olvidarnos.

Pudimos compartirlo con parte de la familia reecontrada de antes (Liliana) o de ahí mismo (Jorge, Elsa, Gladys, Lili, Pocho, Hugo... ). Que Dios los bendiga a todos por tan fantástico homenaje al pueblo, su historia, sus habitantes y quienes también queremos estar sin serlo.