miércoles, 15 de noviembre de 2006

Postales del campo... 2

En los comienzos del siglo XX la vida en el campo, para todos, era dura, arisca, sufrida, completamente dependiente de los factores climáticos o de la langosta para volcar el resultado en una cosecha redituable o para perder prácticamente todo el esfuerzo realizado.

La maquinaria apenas llegaba en pocas cantidades y el caballo era la principal herramienta, tanto para andar en las labores agropecuarias como para arrastrar los equipos de labranza de la tierra y de la cosecha.

Las familias iban pasando de alquilar tierras a comprar las propias, agrandándose con los años si se vendían tierras vecinas o en la zona. Se construían casas amplias, donde habitaban la mayoría de los agricultores. Era usual tener varios hijos.

Los abuelos criaron a 8 hijos que vivieron, 4 varones y 4 mujeres. Los varones hacían una vida razonablemente de niños hasta los 7 años, aproximadamente, edad en la que pasaban a formar parte de la mano de obra tan necesaria para llevar adelante las explotaciones agrícolas y ganaderas. Desde luego, empezaban un aprendizaje gradual de las tareas de campo, sea al lado del padre y/o de hermanos mayores. Alrededor de los 14 años, ya hacían las tareas de adultos, sin excepciones.

A papá le tocó empezar por hacer de ovejero. Ya relaté anteriormente que el abuelo lo dejaba solo por la noche en una casa del fondo del campo, cuidando la majada que pusieron bajo su responsabilidad. También relaté ya que papá esa noche primera se orinó encima del miedo, pero nunca se quejó ante el abuelo por tenerle más miedo que a la propia oscuridad de la noche. A papá lo marcó casi toda su vida; recién en su madurez empezó a elaborar que era la "ley" de la época y de las circunstancias, que finalmente el abuelo recibió peor trato que él en su Italia natal y en su sacrificio de colonizador para darles una tierra y una familia.

En general, a esa edad inicial se los ponía a varones y mujeres como ayudantes para hacer montones en la atadora que con el llamado "pajarito" cortaba el hilo para atarlos. Las espigas se colocaban hacia arriba. El rastrojo y la quinua les lastimaban las piernas, pero no valía quejarse. Cada 4 o 5 días se daban vuelta los montones y, luego, los mayores los emparvaban.

Como tantos, fueron recibiendo los frutos de ese sacrificio y trabajo agotador. Se trabajaba en jornadas de lunes a sábado, generalmente entre las 5:00 y las 20:00, con las pausas lógicas para las comidas, desayuno y merienda, que eran abundantes y, usualmente, con productos elaborados por la misma familia (fiambres, quesos, dulces). En verano había una pausa extra, a eso de las 10:00 de la mañana, para reunirse en familia y comer sandías que estaban refrescándose desde temprano en el tanque australiano del patio, donde la abuela les relataba las historias de sus familias en Italia y aquí, para deleite de los hijos que disponían tal vez de uno de los pocos momentos familiares de encuentro tranquilo.

La primera "trilladora" de la zona la adquirió el tío Venancio Virgili. Poco después el abuelo compró uan "corta y trilla" y el tractor a oruga Caterpillar (creo que el primero de la zona) que tiraba un arado de 4 rejas! (supongo que serían rejas de 12"). Ese tractor lo recuerdo perfectamente, oxidado, en el lote de chatarra que estaba cerca de la casa. De chico era un atractivo tremendo subirme a esa "máquina" tan extraña para mí.

Como vehículos, primero tuvieron un Ford T, después un Chevrolet '30 con capota y terminó con un Ford '35 pintado de azul que tenía un filete rojo a la altura de la moldura que estaba casi sobre los vidrios de las puertas. También tenía un camión International de 40 bolsas! Era una cantidad enorme para esa época. Yo llegué a conocerlo y verlo andar, era color verde con caja de madera y ruedas traseras simples, pero más grandes que las delanteras. El Ford era un especie de "tesoro" para mi niñez, es un auto que me hace latir el alma de recuerdos hermosos cada vez que veo alguno en foto o en cualquier película.

Una anécdota con el Ford T: el tío Andrés, el mayor de los varones, un día que andaba de parranda lo volcó y rompió la capota, además de algunos daños menores de chapa. El abuelo se enojó tanto que llevó el auto al taller de Mandrini y lo hizo hacer "chata", para llevar tambores de nafta. Después de un tiempo la abuela se quejaba tanto de que no podían salir en familia que el abuelo compró el Chevrolet.

La subsistencia estaba asegurada siempre y en forma abundante. Como era común, las verduras, frutas y carnes se disponían en la misma casa. Había todo tipo de aves de corral, lanares, cerdos, que se utilizaban para alimentarse. Era poco lo que se compraba en el pueblo, además de la carne vacuna.

Las distracciones eran muy pocas. Algún diario (La Nación) y revista (Damas y Damitas) o la radio por la noche. Para la radio utilizaban una batería cargada por un molinillo. Los programas más conocidos eran los del dúo Buonostriano o "Tatín". Era usual que la tía María con el tío Tomás Sarriés y sus hijos Tomás y Ellén, que vivían en el campo de enfrente, fuesen a cenar el fin de semana para escuchar juntos a los Buonostriano.

En la escuela de La Pala se contaba hasta tercer grado nomás. Lo común era que a los 8 años los chicos empezaran el estudio, siempre yendo al colegio después de las tareas que tuviesen asignadas en la casa o el campo. Era una etapa difícil, contaba papá, porque se tenían que arreglar solos. No los ayudaba nadie en los deberes escolares; la abuela sabía leer y escribir, pero no tenía tiempo para explicarles; las tías María y Rosa tampoco entendían mucho, y cuando le pedía ayuda al tío Andrés, le contestaba: "aprendé solo, como aprendimos nosotros". Con una mezcla de tristeza y de picardía, papá contaba repetidamente que algunos compañeros se destacaban bastante sobre el resto; por ejemplo: los Guerendiain (Amelia, Clara, Blanca y Abel) y "Pochoco" Michelet. También fue compañero de José María Sansevino y un Ocaña. La maestra (que papá admiraba fuertemente) era Angélica, que él dice que vino de Cruz del Eje (Córdoba) recién recibida. Mencionaba también a Juan Carlos Parietti, de La Plata, que luego trasladan a Leubucó.

Alrededor de los 9 o 10 años, empezaban el aprendizaje de la vida de campamento y trabajo. El abuelo durante más de 15 años trabajó a porcentaje en la estancia de Juan Paturlanne, después de trabajar su propio campo. El tío Andrés ya andaba en las máquinas, el tío Vicente de aprendiz de las máquinas y papá, de aprendiz de cocina, lavando los "cacharros". Según la hora (que medía por la sombra en el piso) hacía el mate cocido que llevaba a caballo hasta donde estaban trabajando los demás, trabajaba hasta una hora antes de la cena y volvía al galope para prepararla, después de pasar por las casas de la estancia para retirar la carne. El fuego se hacía con bosta de vaca. Tenían una casilla en el campamento, donde papá se quedaba de "guardia" con la compañía de un perro. Curiosamente, papá recordó siempre con mucha alegría esa parte de su vida, a pesar de que era muy sacrificada por las temperaturas, la lluvia y tantas otras inclemencias con las que trabajaban... siempre recordaba con ironía eso cuando veía los modernos equipos para lluvia!

Continuaré.

jueves, 2 de noviembre de 2006

Hoy serían 87...

No discuto la providencia o el destino, menos aún reniego de la vida y de la muerte, pero hoy papá estaría cumpliendo 87 años si no fuese por el hecho de que se fue para siempre el 10 de febrero.

Lo siento especialmente porque nunca como en mayo y octubre de este año, después que murió, estuve y disfruté tanto sus pagos por los centenarios de Maza y de La Pala/Murature.

Papá decía que no podía entender mi afán por ir a lo que fue su tierra y no la mía (nací en San Cayetano), pero nunca me preocupó y solía terminar mirándome con una sonrisa pícara, como diciendo "vos sos loco!", aunque en el interior de su sentimiento le halagaba que ame tanto lo que fue suyo y de sus padres y hermanos.

Lo extraño mucho, realmente. Desde febrero que no deja de estar presente en mi memoria y mi corazón, pasando las imágenes como una película sin pausa con los mejores recuerdos desde que tengo memoria.

Fue un hombre admirable, extraordinario. No digo esto porque soy ciego a sus defectos, sino porque a pesar de esos defectos ha sobresalido como hombre y como padre. Como esposo lo sabrá juzgar mamá allá en el cielo junto con él. Cada cosa que no nos dio, simplemente fue porque no aprendió a darla. Trabajó mucho toda su vida y tuvo buenas y malas, como tantos, pero jamás no faltó nada material para vivir dignamente. Vivió para nosotros y por nosotros.

Añoro sus relatos, su risa, su voz, las manos enormes, el cuerpo alto y fornido, la calidez de su mirada, los gestos tan "virgilianos", casi un calco de sus hermanos varones... hasta la tonada de la voz.

En fin, el "viejo" ya no está, se fue físcamente para siempre, pero también quedó en mi alma para siempre. No olvido que muchas veces lo necesité para hablar y no estaba o no sabía hacerlo. Tampoco olvido que a veces su carácter duro asustaba o alejaba, pero sin duda alguna... fue el mejor padre que pude tener.

No brindo porque no le entusiasmaba mucho, sólo lo estoy recordando con su sonrisa tierna y esa cara tan nuestra... feliz cumple, papá! Que Dios te dé todo lo que te faltó en esta vida, te lo ganaste.