miércoles, 2 de julio de 2014

La Pala: visión de lo que va desapareciendo

En un viaje que hice entre los días 18 y 23 del mes pasado, para compartir una vez más felices horas de familia con mis primas hermanas de Bahía Blanca y Santa Rosa, cumplí con la pasada acostumbrada por lo que fue el campo del abuelo José, en La Pala.

Camino entre Maza y Murature
Hacerlo tenía y tiene un sabor agridulce, pero cada vez más acentuado. De Bahía fui por Carhué y desde ahí hasta Rivera por la ruta 60. Se aceleraron los recuerdos, porque seguí por el camino arenoso que bordea la vía, pasando por Arano, Thames y Villa Maza hasta la estación Francisco Murature, donde seguí directamente al campo.

La entrada a La Pala viniendo de
la estación Murature

Cientos de veces papá y los tíos nombraban esos pueblos y sus fechorías de aquella época. Es más, cuando en mi niñez íbamos los veranos a ese campo, la combinación de trenes que hacíamos en Catriló, después de bastantes horas de espera, bajaba por la estación Ivanowsky hasta Murature, que era el punto de destino. Recuerdo claramente el tren con algo de bamboleo, el calor, la tierra volando y al guarda que pasaba picando boletos y anunciando "próxima estación Muratureeee"... después de más de un día viajando!



Huella entre el campo y La Pala
En fin, lo lindo de estas visiones va apagándose al llegar a La Pala... cada vez con un rostro más sombrío por lo que parece una muerte lenta e inexorable. Cada viaje cuesta más encontrar las huellas o caminos de lo que fue. El antiguo trayecto por las cina-cinas sigue clausurado con alambre y casi totalmente tapado por la vegetación. La misma calle principal, siguiéndola desde el camino real hacia adentro queda como huella con ramaje encima, signo de muy poco tránsito.


El campo y lo que queda del monte
que albergaba la casa familiar
Llegar al campo que fue del abuelo es un transitar despacio en una huella que topa con la estancia y dobla a la derecha por otra huella menos transitada aún, entre pasto, pozos y caldenes. Ya en el tranquera, se observa que el monte que antes cobijó con su tupida arboleda la casa familiar, está cada vez más raleado, más chico. Imagino que alguna vez lo harán desaparecer por completo y para ese tiempo seguramente ya no tenga deseos de regresar a revivir estas historias de raíces.

El tiempo y la naturaleza, implacables actores que así como hacen envejecer el cuerpo, van haciendo desaparecer localidades como La Pala ante la congoja de quienes hemos conocido sus momentos de esplendor y tenemos profundo arraigo afectivo con esa tierra que supo cobijar a nuestra familia.


La que fue la fonda La Bilbaína,
¿alguien sabrá su historia?
La Pala está muriendo año tras año. No hay oportunidades para quienes pudieran vivir allí y subsistir. Hay señales por doquier de esta lenta y triste agonía, como los galpones oxidados de la estación Murature, las casas tapera de tantas familias migrantes, las instalaciones del club, la antigua fonda La Bilbaína (también fue hotel y perteneció a Pedro Samperio), las calles hechas huella, los yuyales que devoran cada vez más espacio... duele, pero es inevitable. El pequeño consuelo es que estimo que para cuando ya nada de La Pala sea visible entre los pastizales, yo tampoco estaré vivo para tentarme en ir a verlo.

Entre tanto, no descarto regresar alguna vez más como un gesto de fidelidad a mis recuerdos y a mi familia virgiliana.