martes, 18 de octubre de 2005

La casa del campo... hoy


Hay lugares de habitación donde se encuentran sentimientos contradictorios entre quienes los habitan. Algo así pasó con la casa del campo de los abuelos, cerca de La Pala. Algunas tías y tíos puede que han vivido sin extrañar un segundo esa casa donde nacieron y se criaron, otros, tal vez, la han recordado agridulcemente, pero prácticamente ninguno quiso volver después que se fueron a sus propias vidas.

Yo sí volví varias veces. Para mí fue más fácil amarla e incorporarla a los más lindos recuerdos de la infancia. Yo era "de afuera". Iba por algunos días con papá y mamá y sólo disfrutaba la casa, los abuelos y los tíos y tías. Era una casa "de aventuras y misterios", todo tan grande y con luces de lámparas de kerosene!

Algo ya conté de esos recuerdos, que son muchos en varios viajes propios y miles y miles en los relatos de papá. Era una casa tan linda para mí. Fíjense en "Archivos" (a la derecha), en los de julio, el día 18. Allí se ve detrás de la familia en pleno la casa, aunque le faltan algunas ampliaciones que se hicieron posteriormente.

A la derecha había una especie de galpón chico (recuerdo que en el cajón de una mesa de allí se guardaban decenas de cartuchos de escopeta), detrás de él había un sendero que llevaba al "baño exterior" (vulgo: excusado de chapa), detrás estaba el dormitorio de los tíos, adelante, en el patio, el aljibe y más allá el tanque australiano de material. Hacia atrás de donde sacaron la foto, un poco a la derecha, estaba el galpón grande donde había herramientas, aperos, elementos varios y guardaban el auto y el camión International.

Caramba con el tiempo y las ausencias. Hoy es tapera. El campo lo tiene un señor de Villa Maza y nadie vive. La casa fue acorralada por el tiempo y la hacienda (uno de los pisos de madera fue roto por algunas vacas, que incluso cayeron en el sótano). La intemperie y el abandono la dejaron en ruinas, pero en mi opinión nunca podrán llevarse cada momento grabado en la memoria y en el corazón.

Uno de los viajes fue en febrero de 1998... quedaba entonces lo que se ve en la foto. Esa pila de ladrillos que se observa a la derecha, era aquel aljibe, donde por las noches, después de cenar, el tío Andrés me llevaba a mirar esos cielos que se caían de estrellas como yo nunca había imaginado que podía ser.

Tal vez hoy ni eso quede de lo material, pero allí seguirán viviendo para siempre las voces, las risas y las figuras de toda la familia, incluyendo los amores y los odios que puedan haberse gestado en su seno. Mis raíces en Argentina son ésas, no las cambiaría por ningunas otras. Pienso volver todas las veces que pueda... es como cargar las pilas, aunque ni papá mismo me entienda.

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