domingo, 25 de diciembre de 2005

Papá, Delegado en Maza


En mayo próximo Villa Maza cumplirá su primer centenario de fundación y estoy imaginando que será una fiesta monumental. Trataré de asistir.

El destino hace que en este tiempo de reencuentros con la historia de mi familia, el actual Delegado de Maza sea familiar político. En el viaje que hice el 8 de este mes me ha honrado dejándome recorrer (por primera vez en mi vida!) la Delegación, incluyendo una foto en el actual despacho principal.

Mi papá, Ernesto Ignacio, resulta ser el Delegado con vida más antiguo en la historia macense, hecho que no es poco. Elsa está preparando el libro del centenario y espera incluir alguna semblanza de papá, algo de su biografía y algún hecho destacado de su no muy extensa permanencia en ese cargo. La foto es de papá en esa época.

Empiezo aquí un resumen que espero sirva a Elsa y quede incorporado como un pedacito de esa historia que a papá lo enorgullece hasta el día de hoy.

Los datos de familia de papá están ya detallados en este lugar, pero nació en el campo de La Pala y fue inscripto en Villa Maza como nacido el 2 de noviembre de 1919. Desarrolló la vida típica de esa época en el campo, es decir, lo dejaron retozar más o menos libremente hasta los 7 años y a partir de ahí lo incorporaron "de prepo" a los trabajos agropecuarios. Debutó a esa edad cuidando las ovejas del abuelo, incluyendo quedarse de noche en una casa alejada de la principal para cuidar el rebaño (papá recuerda vívidamente el terror que tenía de aquellas noches en soledad).

Creció progresando en cada tarea del campo a medida que aprendía cosas cada vez de mayor esfuerzo según su edad. Sus dos hermanos mayores (Andrés y Vicente) iban adelante en ese aprendizaje y, junto con el abuelo, formaban un grupo de trabajo que alcanzaba perfectamente para trabajar las 100 ha que tenían en ese momento y muchos trabajos en la estancia de los Paturlanne (que ya relaté).

Hizo su estudio primario en el colegio de La Pala, los únicos tres grados que había en aquel tiempo. En realidad, fue todo el estudio formal que hizo en su vida. Como tantos de aquel entonces, progresó como autodidacta cada vez que fue necesario.

Tuvo una infancia y juventud que lamentó casi toda su vida, por la rudeza del trabajo y la dureza del abuelo, que no supo más que exigirles sin demostraciones explícitas de cariño. La abuela Lucía compensaba un poco con su dulzura maternal, pero muy limitada también por aquella cultura machista imperante, donde la mujer callaba ante el hombre para obedecer dócilmente a sus mandatos. De todos modos, siempre recuerda papá lo bien que lo pasó en las correrías juveniles que hizo con sus hermanos mayores (eternos compinches de fechorías y diversión) y algunos amigos. He reído horas y horas escuchando anécdotas de salidas, de bailes y andanzas de su grupo, donde hacían las mil y una. Claro, era un día en la semana solamente para desatar tanta energía juvenil luego de trabajar sin descanso de lunes a sábado en el campo.

Hasta que hizo el servicio militar en el año 1940 (Escuadrón de Artillería Escuela, en Campo de Mayo), nunca salió de esa zona. El viaje a Buenos Aires le abrió un panorama que creo nunca más dejó de latir en su interior. Sin embargo, en noviembre de 1940 al obtener la baja, regresó al campo del abuelo. Fue un año pésimo económicamente en la región. El cereal casi no tenía precio y no podían pagar la estadía de las bolsas en la estación Murature. Se tiraba la cosecha a la calle. En el año 41 la piedra se llevó casi toda la cosecha. Esta etapa de crisis agravó las discusiones con el abuelo, porque papá creía que debía comprar más campo si quería que los hijos varones se queden a trabajar. Por razones que nunca tuve claras, el abuelo se resistía a agrandarse, aún pudiendo hacerlo.

En 1941 papá decide buscar otros rumbos. Empieza recalando en la casa de la familia de Cipriano Ríos, en Catriló y sigue para Buenos Aires, donde consigue un trabajo de obrero en el frigorífico Anglo, por 3 meses, porque ingresa a Gendarmería Nacional. Lo trasladan al sur (Esquel y Río Mayo), pero no le convence esa vida de estado policial en el frío patagónico y renuncia a fines de 1942, para regresar al campo.

Duarante 1943 se dedica a formar parte de la empresa de cine ambulante que habían creado su hermano Vicente y "Tito" Cadena, que llamaron "Renacimiento". Las películas las alquilaban en Bahía Blanca y estaba el equipo de proyección montado en un camión. Siempre empezaban las funciones con fondo del vals "Desde el alma". 1943 fue un año muy lluvioso en esa zona, y una noche papá manejaba con alguna copa de más y por esquivar una laguna pasando cerca del talud del alambrado volcó el camión. Estuvieron casi dos días secando a mano los metros y metros de película para que no se dieran cuenta los de Bahía Blanca! (lo lograron). Recorrieron todos los pueblos de la zona y no les iba mal, pero a papá lo atraía un horizonte más amplio que el del campo y se fue nuevamente a Buenos Aires.

En 1944 trabajó otra vez en el Anglo, pero sólo 2 meses porque consiguió un trabajo algo mejor en la Algodonera Argentina. Aquí no puede dejarse de considerar el contexto político de efervescencia que había con el peronismo. Con su experiencia de obrero en 1941 y ahora en el 44, papá quedó cautivado con las ideas y políticas laborales de Perón. Como él dice: vivió como trabajador raso el "antes y el después" de Perón... claro, se hizo peronista de alma. Así siguió hasta el famoso 17 de octubre de 1945, donde solidarizándose con Perón movilizó a sus compañeros para parar todo el 4º piso de la Algodonera y lo logró!... aunque le costó el trabajo y lo despidieron por semejante "osadía huelguista" (se salvó por poco de ir preso).

Regresó algo acobardado al campo a fines de 1945. Habiendo llegado a Maza el rumor de lo que papá había hecho en la Algodonera el 17 de octubre, parece que le generó una especie de "chapa" como persona y dirigente, porque relató siempre que unos tales Rivas y Desac (no recuerdo los nombres) le ofrecen hacerse cargo de la Delegación hasta tanto se resuelva el resultado de las elecciones y se hagan cargo las autoridades nuevas del peronismo, al año siguiente. Papá aclaró que él no tenía ambiciones políticas y que no tenía estudio, pero igual insistieron y finalmente (desocupado y sin lugar propicio en el campo) aceptó... tenía 26 años. Lo apoyaron bastante Mario Niccolini y el farmacéutico Rogel.

No relataré las visicitudes políticas que cuenta siempre como ingrediente permanente de esa función, que asume en marzo de 1946. No le fue fácil a papá, hombre con un sentido de la justicia y la ética propio de su genética Virgili, desenvolverse en una función que tiene una componente política y, particularmente, en el contexto convulsionado que ya relaté. Sin embargo, cuenta que cuando le pedían la renuncia por hacer cumplir las ordenanzas sin mirar linaje, partido político o apellido (como hizo en toda su gestión), lo salvaban algunos conocidos suyos que eran fuertes en el gremio ferrocarrilero, porque en aquel entonces los talleres de Maza eran importantes y con peso suficiente como para influir en ciertas cuestiones de la comunidad.

Hay decenas de hechos que papá siempre ha recordado como resultados de su gestión, aunque destacaré dos por su permanencia e importancia: a) la forestación y estructura de bulevares de las calles 25 de Mayo y San Martín. Antes de concretarlo hizo consultas en Carhué y logró el aporte del vivero de esa ciudad para obtener los árboles que luego se plantaron. Me comentaron que al pavimentar (no sé en qué año), tuvieron que sacar todas esas plantas; b) la resolución de un problema serio con el agua de la usina. Los motores enormes que en aquel entonces daban energía eléctrica (sólo unas horas por día) se refrigeraban con grandes cantidades de agua que se desagotaba a la calle. Ante numerosas quejas de los vecinos por las "lagunas" que se formaban, papá imaginó una solución que resultó ser una muestra del ingenio natural de esta gente. Como la Delegación carecía de máquinas y equipos, le pidió a mi abuelo que le preste tractor, pala y otras herramientas, hizo hacer un zanjón al costado de la usina para que pueda ingresar un camión regador bajo nivel (que pidó a Carhué como donación por estar casi abandonado e hizo reparar) y construyó una "manga" por la que, a través de un tanque de acumulación, se hacía llenar el camión regador. Como se dice, "mató dos pájaros de un tiro": eliminó el agua en la calle e inauguró el servicio de riego de las calles! Francamente, una genialidad del "viejo".

Para principios de 1947 (no recuerdo la fecha) renunció porque se hacía muy fuerte la presión de algunos políticos peronistas y, además, ya era inminente la asunción de las nuevas autoridades electas.

Durante su etapa de Delegado papá era vecino de la Subcomisaría, que ocupaba mi abuelo materno, Eusebio Fernández. Conoció a mamá en un baile y fueron novios. Se casaron el 9 de noviembre de 1946. Cuando
trasladaron al abuelo a otra Subcomisaría, la de San Cayetano, se fueron con ellos. En San Cayetano nacimos mi hermana y yo.

A partir de ese traslado viene una etapa de nómades, ya que fue camionero y chofer de un ómnibus de la Dirección de Turismo y Parques. Vivimos en La PLata en diciembre de 1949 y enero de 1950; unos meses más en San Cayetano; de mayo de 1950 a marzo de 1952, en Sierra de la Ventana; hasta junio de 1952 en Bahía Blanca; nuevamente en San Cayetano hasta octubre de 1953, y desde entonces, definitivamente, en La Plata porque lo trasladoaron y empezó a ascender en su carrera.

Papá llegó a ser Jefe del Departamento Automotores del Ministerio de Economía. Cuando se retiró tenía a cargo más de 250 vehículos y 120 personas. Siempre consideré que no fue poco para este muchacho del campo con tercer grado... o sea, me enorgullece todo lo que hizo, además de criarnos con amor y sin privaciones.

Actualmente papá esta delicado con su 86 años. Mamá murió en octubre de 1996, de una forma inesperada y en pocos meses. Desde entonces papá se ha ido deteriorando mucho.

Sabe que lo recordarán en el centenario de Villa Maza, y se le ha hinchado el pecho, en mi opinión, nunca se fue espiritualmente de esa tierra. Para los macenses en general, papá es un nombre más en la lista histórica de Delegados, aunque para papá es un hito en su vida, un logro del que siempre se ha sentido orgulloso, igual que yo.

Sabe Dios cuál será la salud de papá en el centenario, pero yo sé que por sus ojos las imágenes que lo acompañan cada día en la inmovilidad de sus piernas, son las de mamá, su familia y esa tierra. Me adhiero a esos recuerdos y me complace que tenga un lugarcito allá, donde dejó todo lo que pudo y lo que supo.

Hasta pronto.


domingo, 11 de diciembre de 2005

Mis bisabuelos


De este viaje, gracias a mi prima Elsa, he obtenido lo que me pareció casi un milagro... la copia de una foto de mis bisabuelos Giovanni y Sperandia!

La fidelidad no es la mejor, pero están tratando de conseguir la foto original para mejorarla.

En la foto aparecen los bisabuelos con su hijo Nazareno, que fue el que regresó con ellos a Italia.

En mi opinión, mi abuelo "Pepe" se parece muchísimo a su padre, y la bisabuela es una mujer bellísima.

No sé ni dónde ni cuándo fue tomada la foto, así que si alguien de la familia lo sabe, espero la información, igual que cualquier otra de ellos.

sábado, 10 de diciembre de 2005

El campo... lo que alegra y lo que duele


Ayer regresé de otra visita al campo que era del abuelo "Pepe". Me queda alegría y también dolor, porque tal vez ya no tenga sentido volver.

Si miramos la foto de la derecha, está nuevamente toda la familia de José Virgili en el campo de La Pala.

Mis abuelos se casaron el 10 de septiembre de 1908 en Pellegrini. Tuvieron 9 hijos, 5 mujeres y 4 varones, de los que sólo quedan 2 en vida, a saber:

Esperanza Nicolasa (nació el 6/12/1910 y murió el 2/5/1911); María Angela (22/10/1922, vive); Rosa Asunción (15/8/1914 y 8/12/2004); Andrés Leandro (28/11/1915 y ¿?); Vicente Higinio (11/1/1918 y 23/12/1980); Ernesto Ignacio (2/11/1919, vive); Riga Nélida (4/3/1921 y 8/3/1993); Luis (17/7/1922 y 30/4/1978), e Irene (16/10/1923 y 1/6/2005).

En la fotografía son, de iquierda a derecha: Rosa, María, abuela Lucía, Nélida, Irene, abuelo "Pepe", Luis, Andrés, Vicente y Ernesto.

Noten la casa a la iquierda, que ya describí en general, y el molino a la derecha. Aunque no se ve en la foto, al lado del molino estaba un tanque australiano de material, y detrás del auto y mi familia, el aljibe.

En ese campo, en esa casa, se cumplieron todos los sueños de los abuelos en cuanto a colonizar una tierra nueva y próspera y fundar una familia. Lo hicieron con creces. Era una época diferente, donde el ferrocarril generaba una dinámica poblacional completamente distinta a la actual. Los abuelos trabajaron duro e hicieron crecer su economía agropecuaria, los tíos nacieron y crecieron en esa tierra, pertenecieron a ella tanto como la tierra les perteneció.

El campo está a a 2.100 m de la escuela actual de La Pala. El camino es así: desde la escuela se sigue hasta topar con el alambrado (500 m), se dobla a la izquierda (200 m), se dobla a la derecha en la primera huella y se recorren 1.400 m hasta donde empieza el campo, a la izquierda del camino. En ese trayecto hay una "S" suave y otra más pronunciada poco antes del campo. Tiene muchas cina-cina, que están muy crecidas ahora.

Del campo a Villa Maza hay 23.400 m, de los que actualmente 10.200 son pavimentados.

Cada uno de los hijos hizo su vida después, con mayor o menor arraigo, pero todos quedaron "atados" a su lugar de origen. Se fueron porque la tierra les quedó chica para tantos varones y el abuelo no se animó a seguir comprando campo, aunque tenía recursos para hacerlo. Recién en 1946 adquiró 100 ha más para completar las 200 con las que murió, pero era algo tarde y poco para todos... los hijos empezaron a buscar sus propios rumbos.

De todas formas, allí creció una gran familia, con la problemática de cualquier otra, con virtudes y defectos, con aciertos y fracasos, pero una hermosa familia... MI familia, la de mi papá, la que me dejaron compartir con tanta bondad y alegría, en la que recibí siempre un trato cariñoso, contenedor, deslumbrante.

Eran trabajadores admirables, como tantos otros colonizadores. Duros, "chinchudos" a lo Virgili, con algo de resentimiento a una vida tan despojada de gestos amables y tiernos, sin caricias, pero también eran (y son) nobles y honestos "a muerte". Sin instrucción (por no haber medios en esa época, más que un tercer grado primario), son de una inteligencia especial, pragmática, resolutiva. Todos se caracterizan por una memoria privilegiada, asociada a un casi obsesivo ejercicio del recuerdo de esos años en La Pala, a pesar de que conscientemente solían rechazarlo.

Sin emargo, aunque me he resistido a aceptarlo, todo tiene un principio y también un final.

Como ya dije, volví varias veces al campo, para estar un rato contemplando lo que iba quedando de esa casa. Como se ve en otro "post" (18/10/2005), hasta hace unos años algunas paredes quedaban en pie para ayudarme a rememorar los miles de recuerdos lindos de mis viajes desde la niñez.

Ayer, como otras veces, con emoción crucé La Pala para llegar al campo y por poco no me pierdo!... la huella ya casi no se transita, está cubierta de pasto y las cina-cinas por trechos se cierran sobre el techo del auto.

El campo ya no tiene tranquera y el monte de la casa tampoco tiene las decenas de eucaliptus que lo rodeaban. Tuve que caminar por el campo del costado y caramba... el alma se estruja un poco al ver que el tiempo y otros destinos ya casi han hecho desaparecer todo. Unos arbustos cubren prácticamente todo el terreno y de la casa no quedan más paredes, sólo se ubica su lugar porque aún se observa en parte lo que era el sótano, como se ve en la segunda foto. Los otros vestigios visibles son las paredes del aljibe de unos 30 cm y un pedazo de la pared del tanque autraliano, y nada más.

No era un problema de propiedad material, porque lo disfrutaba aunque nunca fue mío. El dolor de hoy es porque ya está "muriendo" todo rastro que me hacía sentir que parte de aquel pasado seguía muy vivo en mi corazón por las referencias que visualizaban mis ojos. Quedaban paredes, pero alcanzaban para "reconstruir" como una película las imágenes de mis tíos jugando en ese patio, o las mías y de mi hermana en el mismo patio, en el tanque australiano, en el aljibe, en toda la casa, en la huella de la tranquera, en el Ford '35 del abuelo.

Ahora, los arbustos que tapan todo con la voracidad de lo salvaje en aquello que se abandona, me hicieron saber de un sólo golpe que se acabaron los sueños, las películas, la casa, el patio, el tanque, el aljibe y, lo que es más doloroso... me hiceron notar con la crueldad de ciertas realidades que los abuelos y casi todos los tíos ya no están, y nunca más estarán.