En los comienzos del siglo XX la vida en el campo, para todos, era dura, arisca, sufrida, completamente dependiente de los factores climáticos o de la langosta para volcar el resultado en una cosecha redituable o para perder prácticamente todo el esfuerzo realizado.
La maquinaria apenas llegaba en pocas cantidades y el caballo era la principal herramienta, tanto para andar en las labores agropecuarias como para arrastrar los equipos de labranza de la tierra y de la cosecha.
Las familias iban pasando de alquilar tierras a comprar las propias, agrandándose con los años si se vendían tierras vecinas o en la zona. Se construían casas amplias, donde habitaban la mayoría de los agricultores. Era usual tener varios hijos.
Los abuelos criaron a 8 hijos que vivieron, 4 varones y 4 mujeres. Los varones hacían una vida razonablemente de niños hasta los 7 años, aproximadamente, edad en la que pasaban a formar parte de la mano de obra tan necesaria para llevar adelante las explotaciones agrícolas y ganaderas. Desde luego, empezaban un aprendizaje gradual de las tareas de campo, sea al lado del padre y/o de hermanos mayores. Alrededor de los 14 años, ya hacían las tareas de adultos, sin excepciones.
A papá le tocó empezar por hacer de ovejero. Ya relaté anteriormente que el abuelo lo dejaba solo por la noche en una casa del fondo del campo, cuidando la majada que pusieron bajo su responsabilidad. También relaté ya que papá esa noche primera se orinó encima del miedo, pero nunca se quejó ante el abuelo por tenerle más miedo que a la propia oscuridad de la noche. A papá lo marcó casi toda su vida; recién en su madurez empezó a elaborar que era la "ley" de la época y de las circunstancias, que finalmente el abuelo recibió peor trato que él en su Italia natal y en su sacrificio de colonizador para darles una tierra y una familia.
En general, a esa edad inicial se los ponía a varones y mujeres como ayudantes para hacer montones en la atadora que con el llamado "pajarito" cortaba el hilo para atarlos. Las espigas se colocaban hacia arriba. El rastrojo y la quinua les lastimaban las piernas, pero no valía quejarse. Cada 4 o 5 días se daban vuelta los montones y, luego, los mayores los emparvaban.
Como tantos, fueron recibiendo los frutos de ese sacrificio y trabajo agotador. Se trabajaba en jornadas de lunes a sábado, generalmente entre las 5:00 y las 20:00, con las pausas lógicas para las comidas, desayuno y merienda, que eran abundantes y, usualmente, con productos elaborados por la misma familia (fiambres, quesos, dulces). En verano había una pausa extra, a eso de las 10:00 de la mañana, para reunirse en familia y comer sandías que estaban refrescándose desde temprano en el tanque australiano del patio, donde la abuela les relataba las historias de sus familias en Italia y aquí, para deleite de los hijos que disponían tal vez de uno de los pocos momentos familiares de encuentro tranquilo.
La primera "trilladora" de la zona la adquirió el tío Venancio Virgili. Poco después el abuelo compró uan "corta y trilla" y el tractor a oruga Caterpillar (creo que el primero de la zona) que tiraba un arado de 4 rejas! (supongo que serían rejas de 12"). Ese tractor lo recuerdo perfectamente, oxidado, en el lote de chatarra que estaba cerca de la casa. De chico era un atractivo tremendo subirme a esa "máquina" tan extraña para mí.
Como vehículos, primero tuvieron un Ford T, después un Chevrolet '30 con capota y terminó con un Ford '35 pintado de azul que tenía un filete rojo a la altura de la moldura que estaba casi sobre los vidrios de las puertas. También tenía un camión International de 40 bolsas! Era una cantidad enorme para esa época. Yo llegué a conocerlo y verlo andar, era color verde con caja de madera y ruedas traseras simples, pero más grandes que las delanteras. El Ford era un especie de "tesoro" para mi niñez, es un auto que me hace latir el alma de recuerdos hermosos cada vez que veo alguno en foto o en cualquier película.
Una anécdota con el Ford T: el tío Andrés, el mayor de los varones, un día que andaba de parranda lo volcó y rompió la capota, además de algunos daños menores de chapa. El abuelo se enojó tanto que llevó el auto al taller de Mandrini y lo hizo hacer "chata", para llevar tambores de nafta. Después de un tiempo la abuela se quejaba tanto de que no podían salir en familia que el abuelo compró el Chevrolet.
La subsistencia estaba asegurada siempre y en forma abundante. Como era común, las verduras, frutas y carnes se disponían en la misma casa. Había todo tipo de aves de corral, lanares, cerdos, que se utilizaban para alimentarse. Era poco lo que se compraba en el pueblo, además de la carne vacuna.
Las distracciones eran muy pocas. Algún diario (La Nación) y revista (Damas y Damitas) o la radio por la noche. Para la radio utilizaban una batería cargada por un molinillo. Los programas más conocidos eran los del dúo Buonostriano o "Tatín". Era usual que la tía María con el tío Tomás Sarriés y sus hijos Tomás y Ellén, que vivían en el campo de enfrente, fuesen a cenar el fin de semana para escuchar juntos a los Buonostriano.
En la escuela de La Pala se contaba hasta tercer grado nomás. Lo común era que a los 8 años los chicos empezaran el estudio, siempre yendo al colegio después de las tareas que tuviesen asignadas en la casa o el campo. Era una etapa difícil, contaba papá, porque se tenían que arreglar solos. No los ayudaba nadie en los deberes escolares; la abuela sabía leer y escribir, pero no tenía tiempo para explicarles; las tías María y Rosa tampoco entendían mucho, y cuando le pedía ayuda al tío Andrés, le contestaba: "aprendé solo, como aprendimos nosotros". Con una mezcla de tristeza y de picardía, papá contaba repetidamente que algunos compañeros se destacaban bastante sobre el resto; por ejemplo: los Guerendiain (Amelia, Clara, Blanca y Abel) y "Pochoco" Michelet. También fue compañero de José María Sansevino y un Ocaña. La maestra (que papá admiraba fuertemente) era Angélica, que él dice que vino de Cruz del Eje (Córdoba) recién recibida. Mencionaba también a Juan Carlos Parietti, de La Plata, que luego trasladan a Leubucó.
Alrededor de los 9 o 10 años, empezaban el aprendizaje de la vida de campamento y trabajo. El abuelo durante más de 15 años trabajó a porcentaje en la estancia de Juan Paturlanne, después de trabajar su propio campo. El tío Andrés ya andaba en las máquinas, el tío Vicente de aprendiz de las máquinas y papá, de aprendiz de cocina, lavando los "cacharros". Según la hora (que medía por la sombra en el piso) hacía el mate cocido que llevaba a caballo hasta donde estaban trabajando los demás, trabajaba hasta una hora antes de la cena y volvía al galope para prepararla, después de pasar por las casas de la estancia para retirar la carne. El fuego se hacía con bosta de vaca. Tenían una casilla en el campamento, donde papá se quedaba de "guardia" con la compañía de un perro. Curiosamente, papá recordó siempre con mucha alegría esa parte de su vida, a pesar de que era muy sacrificada por las temperaturas, la lluvia y tantas otras inclemencias con las que trabajaban... siempre recordaba con ironía eso cuando veía los modernos equipos para lluvia!
Continuaré.
Un lugar para conocer y reunir a la familia de Giovanni Virgili (mi bisabuelo), estén donde estén.
miércoles, 15 de noviembre de 2006
jueves, 2 de noviembre de 2006
Hoy serían 87...
No discuto la providencia o el destino, menos aún reniego de la vida y de la muerte, pero hoy papá estaría cumpliendo 87 años si no fuese por el hecho de que se fue para siempre el 10 de febrero.Lo siento especialmente porque nunca como en mayo y octubre de este año, después que murió, estuve y disfruté tanto sus pagos por los centenarios de Maza y de La Pala/Murature.
Papá decía que no podía entender mi afán por ir a lo que fue su tierra y no la mía (nací en San Cayetano), pero nunca me preocupó y solía terminar mirándome con una sonrisa pícara, como diciendo "vos sos loco!", aunque en el interior de su sentimiento le halagaba que ame tanto lo que fue suyo y de sus padres y hermanos.
Lo extraño mucho, realmente. Desde febrero que no deja de estar presente en mi memoria y mi corazón, pasando las imágenes como una película sin pausa con los mejores recuerdos desde que tengo memoria.
Fue un hombre admirable, extraordinario. No digo esto porque soy ciego a sus defectos, sino porque a pesar de esos defectos ha sobresalido como hombre y como padre. Como esposo lo sabrá juzgar mamá allá en el cielo junto con él. Cada cosa que no nos dio, simplemente fue porque no aprendió a darla. Trabajó mucho toda su vida y tuvo buenas y malas, como tantos, pero jamás no faltó nada material para vivir dignamente. Vivió para nosotros y por nosotros.
Añoro sus relatos, su risa, su voz, las manos enormes, el cuerpo alto y fornido, la calidez de su mirada, los gestos tan "virgilianos", casi un calco de sus hermanos varones... hasta la tonada de la voz.
En fin, el "viejo" ya no está, se fue físcamente para siempre, pero también quedó en mi alma para siempre. No olvido que muchas veces lo necesité para hablar y no estaba o no sabía hacerlo. Tampoco olvido que a veces su carácter duro asustaba o alejaba, pero sin duda alguna... fue el mejor padre que pude tener.
No brindo porque no le entusiasmaba mucho, sólo lo estoy recordando con su sonrisa tierna y esa cara tan nuestra... feliz cumple, papá! Que Dios te dé todo lo que te faltó en esta vida, te lo ganaste.
lunes, 30 de octubre de 2006
Postales del campo... 1
Ya había relatado cómo llegó el abuelo "Pepe" a poseer las 200 ha que tenía su campo hasta que lo vendieron después de su muerte. Sin embargo, quiero dejar registro aquí de los relatos de papá respecto a
los dueños originales y vecinos del campo. Es probable que haya algún error propio de su memoria, aunque era prodigiosa, pero se debe acercar bastante a lo que aconteció.

los dueños originales y vecinos del campo. Es probable que haya algún error propio de su memoria, aunque era prodigiosa, pero se debe acercar bastante a lo que aconteció. Los relatos de papá los saqué de una filmación que le hice en febrero de 1994, cuando él tenía 75 años y disfrutaba tremendamente que yo le haga contar, por milésima vez, las historias desde su niñez hasta su adolescencia en esos pagos.
La foto es del año 1996, cuando quedaba de la casa del campo lo que fue el comedor y algunos tirantes del techo. Debajo del comedor estaba el sótano, que más adelante se verá el estado actual, como único rastro de lo que fue. Tengo filmaciones de 1993, cuando había aún algo de paredes de lo que eran los dormitorios y la cocina.
Mi abuelo compró campo al mismo tiempo que su hermanos Pacífico, Alejandro y Venancio. Lamentablemente no tengo precisiones sobre el año que ocurrió la adquisición (antes alquilaban). Eran años en que no había muchas herramientas ni métodos para labranza. El INTA les daba instrucciones de cómo sembrar en los medanales y a quemar el rastrojo después de las cosechas (el INTA fue creado en 1956, así que es seguro que papá le ha errado en esta parte del recuerdo).
Un lote de 100 ha se dividía en fracciones de 25 ha. El abuelo compró 50 ha, el cuñado Nicolás Di Yelsi 25 ha y Cipriano Ríos las otras 25 ha.
Al morir la esposa de Nicolás, le vende sus 25 ha al abuelo y él se vuelve a La Plata. Después muere Cipriano y su familia, antes de mudarse a Catriló, le vende sus 25 ha al abuelo, que se queda entonces con sus primeras 100 hs de campo.
Más adelante, le compró otras 100 ha a León Antoniana, con lo que llegó a las 200 hs que poseía. León fue el primero en comprar un Ford T en la zona.
Entre los vecinos del campo se contaban las familias Otero, Guerendiain (padres de Amelia, Clara, Blanca y Abel), Lodi (que tenía también el horno de ladrillos en la entrada del pueblo), el tío Venancio (compró la primera trilladora de la zona), el holandés Ardema(?) (sus 800 ha la compraron luego los Colombatto de Maza) y el tío Tomás Sarriés (con sus hermanos Isidoro y Cristóbal).
El campo del tío Tomás (casado con mi tía María Virgili), en el frente del campo del abuelo, era también de 200 ha. Originalmente fue de los Zucarelli, luego de José Guerendiain, que lo alquiló a los Marcalay(?) (oriundos de General Pirán, trajeron muchas ovejas, a cargo de un Sr. Michelei o algo así) cuando se fueron a Trenque Lauquen. Luego pasó a los González, que lo vendieron a los Sarriés.
La casa del campo original tenía un dormitorio, el comedor y la cocina. El abuelo hizo modificaciones y obras. Agregó el dormitorio de las tías, un baño interno, hizo el dormitorio de los tíos en la antigua cocina y construyó una más grande al costado, con galería. También construyó una despensa y lavadero en el costado derecho, mirando de frente la casa.
La pintura del comedor, con sus ribetes superiores, la hicieron los hermanos Salvador y Benedicto Garófalo, alrededor del año 1932. Usaban la técnica de pintar con distintas esponjas y c
olores. El trabajo estaba tan bien hecho que en la parte de tapera que se ve en la foto de 1996, aún se conservaba perfectamente claro el dibujo pintado (60 años después y a la intemperie!).
olores. El trabajo estaba tan bien hecho que en la parte de tapera que se ve en la foto de 1996, aún se conservaba perfectamente claro el dibujo pintado (60 años después y a la intemperie!).La casa tenía un patio rodeado por alambrado, dentro del cual estaba el aljibe, un tanque tipo australiano de material y el molino. El frente no daba hacia la tranquera, sino el costado derecho de la casa. La tranquera estaba a 200 m y eucaliptus muy grandes había en la parte de atrás e izquierda de la casa.

Actualmente el único rastro que queda, para quienes sabemos de la casa que existió, es un pozo medio relleno de lo que era el sótano y la boca del aljibe, que estaba a pocos metros de la galería. En las fotos, que son de este 8 de octubre, se observa ambos detalles, incluyéndome sentado en lo que queda del aljibe.
No sé de quién es el campo actualmente. Hace unos años me dijeron que de alguien de Maza, pero me gustaría averiguarlo para que sepa que, de vez en cuando, alguien salta el alambrado y camina emocionado hasta donde estaba la casa y el patio, y como el domingo 8, se queda rato largo mirando con los ojos y el corazón ese pedazo de tierra tan unido a las mejores raíces de la familia. Ya no está la tranquera donde estaba antes, sino en el potrero de al lado, pero aunque cada vez quedan menos rastros de lo que fue, también cada vez me atrae más y más pisar ese suelo y recordar cada imagen, aroma y sonido desde mi niñez.
Continuaré.
domingo, 29 de octubre de 2006
La Pala/Murature... 3
Algunas vivencias particulares del centenario ya he relatado. Quedan algunas aún, especiales, dentro de las que puede destacarse largamente el regalo tremendo que me hizo Ellén. Me trajo envuelto prolijamente el poncho que perteneció al ab
uelo "Pepe". No hay palabras que dejen explicar el sentimiento que me induce poseer y tocar ese poncho que tantos años cubrió el cuerpo del abuelo o, simplemente, llevó plegado en su hombro en tantas salidas. Está muy bien conservado a pesar de tantos años. No puedo calcular con precisión, pero suponiendo que lo tuvo desde su madurez, fácilmente tiene una antigüedad de 70 u 80 años.
En la foto, me está mostrando fotos de la tía María. Está observando Jorge Chávez (con gorra blanca), familiar político que dijo que leía las novedades de este blog, así que Jorge... ayudame a reconstruir pedazos de historia de los Virgili!
En el tumulto y emociones del reencuentro, no le pregunté a "la vasca" sobre cómo fue a parar a sus manos, aunque sospecho que le quedó a la tía María al morir el abuelo en su casa de Carhué.
Hace 3 semanas que estuvimos en el pueblo, todavía no se aquietan mis emociones de tantas cosas vividas y de tantos recuerdos que llegaron al galope desde mi memoria en esa tierra. Cada vez más me convenzo de que papá, los abuelos, los tíos y tías y sus amigos han festejado junto conmigo tan alegre aniversario, viendo a su pueblo engalanado y recorrido por tanta gente que también tiene un pedazo de sus raíces y su historia en el lugar.
Papá mencionaba siempre apellidos de familias que terminaron siendo familiares para mí, por ejemplo: Carrera, Betelú (decía que uno de ellos fue campeón provincial de pelota a paleta en 1939), Fernández, Garófalo, Guerendiain (una de ellas, Amelia, se casó con mi tío Andrés y murió cuando debía nacer su bebé), Páez, Cipolla, Martínez, Alcalde, Gallo, Sueldo, Saavedra, Sansevino, Rubio, Lupía, Cadena.
También relató que por el año 1940 La Pala tenía unas 10 cuadras (a lo largo de la vía) por otras 5 de fondo (entre la calle que va a la estación Murature y la que está al fondo, yendo al campo que era del abuelo. Decía que tenía en ese año 2 carnicerías, 2 peluquerías, 1 verdulería, 2 despachos de nafta y 2 bares/confitería.
Es una lástima que esté a 650 km de La Pala. Con gusto iría mucho más frecuentemente a recordar y a preguntar a los pobladores por la historia de mi familia. Paciencia.
uelo "Pepe". No hay palabras que dejen explicar el sentimiento que me induce poseer y tocar ese poncho que tantos años cubrió el cuerpo del abuelo o, simplemente, llevó plegado en su hombro en tantas salidas. Está muy bien conservado a pesar de tantos años. No puedo calcular con precisión, pero suponiendo que lo tuvo desde su madurez, fácilmente tiene una antigüedad de 70 u 80 años.En la foto, me está mostrando fotos de la tía María. Está observando Jorge Chávez (con gorra blanca), familiar político que dijo que leía las novedades de este blog, así que Jorge... ayudame a reconstruir pedazos de historia de los Virgili!
En el tumulto y emociones del reencuentro, no le pregunté a "la vasca" sobre cómo fue a parar a sus manos, aunque sospecho que le quedó a la tía María al morir el abuelo en su casa de Carhué.
Hace 3 semanas que estuvimos en el pueblo, todavía no se aquietan mis emociones de tantas cosas vividas y de tantos recuerdos que llegaron al galope desde mi memoria en esa tierra. Cada vez más me convenzo de que papá, los abuelos, los tíos y tías y sus amigos han festejado junto conmigo tan alegre aniversario, viendo a su pueblo engalanado y recorrido por tanta gente que también tiene un pedazo de sus raíces y su historia en el lugar.
Papá mencionaba siempre apellidos de familias que terminaron siendo familiares para mí, por ejemplo: Carrera, Betelú (decía que uno de ellos fue campeón provincial de pelota a paleta en 1939), Fernández, Garófalo, Guerendiain (una de ellas, Amelia, se casó con mi tío Andrés y murió cuando debía nacer su bebé), Páez, Cipolla, Martínez, Alcalde, Gallo, Sueldo, Saavedra, Sansevino, Rubio, Lupía, Cadena.
También relató que por el año 1940 La Pala tenía unas 10 cuadras (a lo largo de la vía) por otras 5 de fondo (entre la calle que va a la estación Murature y la que está al fondo, yendo al campo que era del abuelo. Decía que tenía en ese año 2 carnicerías, 2 peluquerías, 1 verdulería, 2 despachos de nafta y 2 bares/confitería.
Es una lástima que esté a 650 km de La Pala. Con gusto iría mucho más frecuentemente a recordar y a preguntar a los pobladores por la historia de mi familia. Paciencia.
jueves, 12 de octubre de 2006
La Pala/Murature... 2
No vayan a creer que me declaré ciudadano de La Pala únicamente por adhesión sentimental con mi papá. Desde mi niñez que íbamos con mis padres en el verano al campo del abuelo "Pepe".
Ese viaje era una tremenda aventura para un niño... imaginen: salíamos de La Plata hasta Buenos Aires, en tren. No recuerdo en qué íbamos de Constitución a Once, desde donde salía el tren a Catriló. Mi memoria atesorará por siempre ese traqueteo característico del tren con máquina a vapor y el ruido de las ruedas en las uniones de las vías. En Catriló esperábamos horas el transbordo al tren que nos llevaba a la estación Murature.
En esa estación, detrás de algo parecido a ligustros en la playa de estacionamiento, mientras se detenía el tren alcanzaba a ver, con la nariz pegada a la ventanilla, la trompa del Ford 35 del abuelo, que nos estaba esperando para llevarnos al ca
mpo. Era la gloria! Mis retinas siguen teniendo las imágenes de la trompa del Ford por la huella que va al campo, que estaba con menos pasto que hoy y con más arena también.
Llegar al campo era un poco estar en la tierra prometida... con tanto espacio y tantas cosas por ver y explorar! Contábamos con el afecto y los mimos de los abuelos, de las tías y de los tíos. El patio, el alambrado, el tanque autraliano con el molino, el aljibe, la arena, la casa y las siestas, el galpón del auto y el camión...
Amo esa tierra por mi abuelo, mi papá y mis tíos, pero también porque la viví y disfruté ilimitadamente, hasta que las cosas de los "grandes", como la muerte y las sucesiones, nos dejaron a todos sin campo y sin un pedazo de tierra para seguir visitando y sintiéndome parte de esa parte bonaerense tan querida.
Este centenario de La Pala fue de reencuentro, entre los que se cuenta el más feliz: después de decenas de años nos juntamos "casi" todos los primos hermanos vivos, faltaron solamente mi hermana María Susana y Pedro Angerami. Allá estaban Ellén, la vasca preciosa, hija de tía María (está a días de cumplir los 94 a
ños!); Lucía, hija del tío Vicente, y Liliana, hija del tío Luis. No puedo explicar el amor que les tengo y el encuentro que fue grandioso, como si todos los días estuviésemos juntos, como si la sangre fuera suficiente para que el tiempo y la distancia no hagan sombra al amor familiar, al amor fraterno verdadero. Fue una dicha inmensa estar con ellos, los cuatro juntos.
En la foto el orden es, desde la izquierda: Lucía, yo, Ellén y Liliana. Los cuerpos denotan los años que pasaron, pero no demuestran la felicidad de estar abrazados... como siempre.
Seguiré en breve con el relato.
Ese viaje era una tremenda aventura para un niño... imaginen: salíamos de La Plata hasta Buenos Aires, en tren. No recuerdo en qué íbamos de Constitución a Once, desde donde salía el tren a Catriló. Mi memoria atesorará por siempre ese traqueteo característico del tren con máquina a vapor y el ruido de las ruedas en las uniones de las vías. En Catriló esperábamos horas el transbordo al tren que nos llevaba a la estación Murature.
En esa estación, detrás de algo parecido a ligustros en la playa de estacionamiento, mientras se detenía el tren alcanzaba a ver, con la nariz pegada a la ventanilla, la trompa del Ford 35 del abuelo, que nos estaba esperando para llevarnos al ca
mpo. Era la gloria! Mis retinas siguen teniendo las imágenes de la trompa del Ford por la huella que va al campo, que estaba con menos pasto que hoy y con más arena también.Llegar al campo era un poco estar en la tierra prometida... con tanto espacio y tantas cosas por ver y explorar! Contábamos con el afecto y los mimos de los abuelos, de las tías y de los tíos. El patio, el alambrado, el tanque autraliano con el molino, el aljibe, la arena, la casa y las siestas, el galpón del auto y el camión...
Amo esa tierra por mi abuelo, mi papá y mis tíos, pero también porque la viví y disfruté ilimitadamente, hasta que las cosas de los "grandes", como la muerte y las sucesiones, nos dejaron a todos sin campo y sin un pedazo de tierra para seguir visitando y sintiéndome parte de esa parte bonaerense tan querida.
Este centenario de La Pala fue de reencuentro, entre los que se cuenta el más feliz: después de decenas de años nos juntamos "casi" todos los primos hermanos vivos, faltaron solamente mi hermana María Susana y Pedro Angerami. Allá estaban Ellén, la vasca preciosa, hija de tía María (está a días de cumplir los 94 a
ños!); Lucía, hija del tío Vicente, y Liliana, hija del tío Luis. No puedo explicar el amor que les tengo y el encuentro que fue grandioso, como si todos los días estuviésemos juntos, como si la sangre fuera suficiente para que el tiempo y la distancia no hagan sombra al amor familiar, al amor fraterno verdadero. Fue una dicha inmensa estar con ellos, los cuatro juntos.En la foto el orden es, desde la izquierda: Lucía, yo, Ellén y Liliana. Los cuerpos denotan los años que pasaron, pero no demuestran la felicidad de estar abrazados... como siempre.
Seguiré en breve con el relato.
martes, 10 de octubre de 2006
La Pala/Murature... los 100 años!
Y llegó y pasó el aniversario Nº 100 del pueblo La Pala y de la estación Francisco Murature, este último domingo 8 de octubre.El clima y la meteorología indicaban vientos fuertes, mucha tierra volando, los árboles arqueados, los pelos despeinados.
Los actos festivos indicaban muchísima organización, como en Maza en mayo... la calles, las casas, la pintura blanca, el pasto cortado, las banderas, el hospital móvil, la ambulancia, los bomberos, el palco y la banda pampeana de música.
El antiguo campo de fútbol, indicaba una gran fiesta con su carpa blanca, los centenares de comensales, las enormes parrillas con la carne, las decenas de mozos y la algarabía de tanta gente preparándose para disfrutar de la buena comida y la buena compañía.
El corazón... el mío... indicaba un tropel de emociones muy fuertes, porque semejante ceremonia y festejos estaban transcurriendo en la misma tierra de mis abuelos, mi papá y mis tíos... en el mismísimo Murature, donde en los primeros 20 años de su vida mi "viejo" recorrió miles de veces su calles, el club, la cancha de fútbol, la pista de baile, los negocios, el caminito al campo.
Estaba engalanado el pueblo, como lo merece. Estaba alegre el pueblo, como debió ser siempre. Estaba bullicioso el pueblo, con la "ropa de los domingos", como nos gustaría verlo siempre, como en aquellos días en que muchas familias vivían y trabajaban en La Pala.
No hay palabras. La arena es otra, el viento la lleva y la trae, pero las calles son las mismas. Allí nació y se crió papá, allí vivió una adolescencia que él mismo describía como "hermosa" y que repitió desde que yo tengo el primer recuerdo hasta casi el mismo día que murió: el 10 de febrero de este año.
Tanto lo amé a papá y tanto amó él a su tierra que hace tiempo la hice mía, así por herencia del amor nomás, sin pedir permiso a nadie y sin siquiera esperar por tener una partida de nacimiento de ese lugar. Este domingo que pasó, caminando algunas de sus cuadras, mirando sediento cada pedazo del pueblo, "prestándole" mis ojos a papá para que mire más de cerca, sin decirle a nadie me hice ciudadano de La Pala y sentí que esa tierra era tan mía como la sintió él, por el derecho de sangre, por el derecho de elección y por el derecho del amor. En ese acto me declaré habitante natural de La Pala/Murature. Ahora es también mi tierra, tanto como lo creyó el abuelo José, mi papá o mis tíos.

Fue todo impecable, a pesar del viento que se hizo presente. Faltaban los cardos ruso dando vuelta como veía en los viajes de mi niñez a esos pagos. Como dijo el Intendente: lleva seis centenarios festejados en su Partido, se nota la experiencia y el cuidado, que ha sido motorizado sin dudas por mi primo Jorge, que en mucho menos tiempo, ya lleva dos centenarios organizados en su espalda.
Viajé con mi esposa, mi hijo Germán y mi hija política Ingrid. Disfrutamos cada lugar que recorrimos y cada momento que compartimos con decenas de pobladores de los que están y de los que ya no están.
Me costó volver a la tarde, pero el viaje es bastante largo y antes quería pasar por el campo que fue del abuelo, así que a las 16:30 pegamos la vuelta con el alma llena de una extraña mezcla de emociones, las lindas, por haber podido estar, las tristes, por los que no pudieron acompañarme. Imaginaba a papá mostrándome con sus gestos habituales cada lugar que le fue tan cercano y admito que me pegaba fuerte la ausencia del viejo.
En fin, hubo reencuentros familiares como nunca y sentimientos en cantidad, pero eso lo dejo para el próximo relato.
viernes, 29 de septiembre de 2006
¡Era un año antes!
Parece que el decreto de creación de Francisco Murature/La Pala está equivocado y es así que el centenario se cumple el 8 de octubre, pero de este año!... Me vieran acomodando todo para viajar el sábado 7 a La Pala, de apuro nomás y gracias a los mensajes de Elsa.
En fin, error más o menos, lo importante es que de no ocurrir nada extraordinario, el domingo 8 de octubre estaremos con Miche, Germán (mi hijo) e Ingrid (mi hija política) festejando y disfrutando el reencuentro con gente que ha nacido y vivido allí, como papá, mis tíos y mis abuelos.
Es conmovedor hacer de "embajador" de mi viejo, que seguramente lo estará disfrutando desde el cielo, mientras recorro una vez más la tierra que tanto amó y transitó hasta sus 20 años, cuando se fue a Buenos Aires para cumplir el servicio militar.
Tan conmovedor como ver el esfuerzo de tanta gente para que la fiesta sea en serio, como hacen todo por aquellos benditos pagos, es ver también que Murature/La Pala tiene un sitio propio en Internet. Tengo muy frescos los recuerdos de cuando era un pueblo con mucha gente, con mucha más vida que ahora, con el taller, la panadería, el almacén, el club... y quiero seguir juntando recuerdos actuales.
Allá estaremos, rodeados de gente linda que nos hace sentir como en casa. Después les cuento.
En fin, error más o menos, lo importante es que de no ocurrir nada extraordinario, el domingo 8 de octubre estaremos con Miche, Germán (mi hijo) e Ingrid (mi hija política) festejando y disfrutando el reencuentro con gente que ha nacido y vivido allí, como papá, mis tíos y mis abuelos.
Es conmovedor hacer de "embajador" de mi viejo, que seguramente lo estará disfrutando desde el cielo, mientras recorro una vez más la tierra que tanto amó y transitó hasta sus 20 años, cuando se fue a Buenos Aires para cumplir el servicio militar.
Tan conmovedor como ver el esfuerzo de tanta gente para que la fiesta sea en serio, como hacen todo por aquellos benditos pagos, es ver también que Murature/La Pala tiene un sitio propio en Internet. Tengo muy frescos los recuerdos de cuando era un pueblo con mucha gente, con mucha más vida que ahora, con el taller, la panadería, el almacén, el club... y quiero seguir juntando recuerdos actuales.
Allá estaremos, rodeados de gente linda que nos hace sentir como en casa. Después les cuento.
domingo, 11 de junio de 2006
El centenario de Villa Maza
Después de una racha de problemas de salud, incluyendo el accidente automovilístico de una de mis hijas (ya en vías de superación), tengo el deseo de siquiera intentar resumir lo que fue asistir a los festejos del centenario de Villa Maza, los pasados días 5 y 6 de mayo.
Con mi esposa teníamos preparado el viaje de antemano y la seguridad de que la distancia no era obstáculo para asisitir porque nuestros primos Jorge y Elsa se encargaban de eso, además de sus miles de preocupaciones propias por los preparativos.
Llegamos a Maza el viernes alrededor del mediodía y asistimos a casi todos los eventos hasta el sábado a eso de las 17:30, que partimos para Santa Rosa.
No tenemos palabras para describir lo que toda la comunidad macense y otras instituciones organizaron para el deleite emocional y visual de quienes pudimos ir. Creo que lo más destacable de todo fue la sensación permanente de ver una extraordinaria organización pero, sobre todo, realizada con el amor y el entusiasmo que no todos pueden enorgullecerse de lograr. Los macenses lo lograron ampliamente, desde cada casa, calle y esquina prolija y engalanada, hasta la atención hospitalaria de cada vecino que, francamente, nos hace dar envidia a quienes vivimos en ciudades grandes.
Destaco, entre lo destacable, las vivencias fuertes que me tocó superar al transitar la plaza en la que papá caminaba 60 años antes (y donde recordaba que las vacas en tránsito se subían a comer los canteros que él hacía plantar), solo como Delegado o de novio con mamá; el impactante espectáculo musical que nos regalaron el conjunto folclórico local y, especialmente, esos "duelos" entre tres artistas de la calidad de Vitale, su vientista y su guitarrista; y e
l almuerzo increíble de 3.000 personas! Pocas veces vi tanta organización para una cosa tan enorme como ese almuerzo. El hospital móvil, las ambulancias, los bomberos, la policía, los médicos, los baños químicos, las carpas, las mesas y sillas, la comida a punto, la serenidad completa del ambiente, la cordialidad, la energía de cientos de encuentros entre familiares y amigos después de muchos años, en fin, deja sin palabras o, como se dice vulgarmente: "con la boca abierta".
En el caso mío y de mi esposa resulta ineludible una frase de gratitud inmensa a Jorge, Elsa y sus hijos. Fueron nuestros anfitriones en su casa y en medio de los momentos más turbulentos de la organización del centenario, donde seguramente han sido una de las familias más involucradas en todos los detalles y responsabilidades; sin embargo, no lo notamos. Su casa fue la nuestra y su familia también, porque donde no podían darnos atenci
ón ellos lo hacía alguno de sus hijos. Nos fuimos realmente emocionados por semejante muestra de amor y generosidad.
Por lo demás, no queda mucho por decir, salvo que disfrutamos casi dos días de completa felicidad, alegría y reencuentros, como nunca pudimos imaginar. Es sin temor alguno a equivocarme, una de las vivencias más importantes de mi vida, de las que jamás se olvidan y de las que jamás querríamos olvidarnos.
Pudimos compartirlo con parte de la familia reecontrada de antes (Liliana) o de ahí mismo (Jorge, Elsa, Gladys, Lili, Pocho, Hugo... ). Que Dios los bendiga a todos por tan fantástico homenaje al pueblo, su historia, sus habitantes y quienes también queremos estar sin serlo.
Con mi esposa teníamos preparado el viaje de antemano y la seguridad de que la distancia no era obstáculo para asisitir porque nuestros primos Jorge y Elsa se encargaban de eso, además de sus miles de preocupaciones propias por los preparativos.
Llegamos a Maza el viernes alrededor del mediodía y asistimos a casi todos los eventos hasta el sábado a eso de las 17:30, que partimos para Santa Rosa.
No tenemos palabras para describir lo que toda la comunidad macense y otras instituciones organizaron para el deleite emocional y visual de quienes pudimos ir. Creo que lo más destacable de todo fue la sensación permanente de ver una extraordinaria organización pero, sobre todo, realizada con el amor y el entusiasmo que no todos pueden enorgullecerse de lograr. Los macenses lo lograron ampliamente, desde cada casa, calle y esquina prolija y engalanada, hasta la atención hospitalaria de cada vecino que, francamente, nos hace dar envidia a quienes vivimos en ciudades grandes.
Destaco, entre lo destacable, las vivencias fuertes que me tocó superar al transitar la plaza en la que papá caminaba 60 años antes (y donde recordaba que las vacas en tránsito se subían a comer los canteros que él hacía plantar), solo como Delegado o de novio con mamá; el impactante espectáculo musical que nos regalaron el conjunto folclórico local y, especialmente, esos "duelos" entre tres artistas de la calidad de Vitale, su vientista y su guitarrista; y e
l almuerzo increíble de 3.000 personas! Pocas veces vi tanta organización para una cosa tan enorme como ese almuerzo. El hospital móvil, las ambulancias, los bomberos, la policía, los médicos, los baños químicos, las carpas, las mesas y sillas, la comida a punto, la serenidad completa del ambiente, la cordialidad, la energía de cientos de encuentros entre familiares y amigos después de muchos años, en fin, deja sin palabras o, como se dice vulgarmente: "con la boca abierta". En el caso mío y de mi esposa resulta ineludible una frase de gratitud inmensa a Jorge, Elsa y sus hijos. Fueron nuestros anfitriones en su casa y en medio de los momentos más turbulentos de la organización del centenario, donde seguramente han sido una de las familias más involucradas en todos los detalles y responsabilidades; sin embargo, no lo notamos. Su casa fue la nuestra y su familia también, porque donde no podían darnos atenci
ón ellos lo hacía alguno de sus hijos. Nos fuimos realmente emocionados por semejante muestra de amor y generosidad.Por lo demás, no queda mucho por decir, salvo que disfrutamos casi dos días de completa felicidad, alegría y reencuentros, como nunca pudimos imaginar. Es sin temor alguno a equivocarme, una de las vivencias más importantes de mi vida, de las que jamás se olvidan y de las que jamás querríamos olvidarnos.
Pudimos compartirlo con parte de la familia reecontrada de antes (Liliana) o de ahí mismo (Jorge, Elsa, Gladys, Lili, Pocho, Hugo... ). Que Dios los bendiga a todos por tan fantástico homenaje al pueblo, su historia, sus habitantes y quienes también queremos estar sin serlo.
domingo, 26 de marzo de 2006
La última foto de papá
Este asunto del duelo ante la pérdida de los que amamos es especial para cada caso... no hay reglas generales. Como escribí hace unos días, de a poco se acomodan las cosas y la resignación le va ganando espacio al tremendo hueco que deja la ausencia definitiva de papá.Unos 20 días antes de morir, por un simple impulso sin explicación alguna, quise sacarme una foto más con él, que resulta ser la última de su vida. Ya estaba mal y adelgazando, sin embargo y a pesar del sufrimiento, su rostro refleja vivamente el caracter "virgiliano" que heredó y mantuvo toda la vida: una mezcla de ternura y de firmeza adusta. La foto la sacó mi hijo Germán.
La pongo aquí porque las pocas veces que entro me gustará verlo y porque vale como recuerdo para aquellos de la familia que hace muchos años no lo vieron.
Nada más que eso... la última foto del viejo, y yo con él.
miércoles, 22 de marzo de 2006
Se vuelve, de a poco... pero se vuelve
Después de casi un mes y medio de la muerte de papá, de a poco estoy recuperando el deseo de avanzar en la búsqueda de información de mi familia y de pedazos de historia de sus vidas en La Pala y toda esa zona.
Sigo imaginando que él y mamá andan paseando del brazo por la plaza de Maza, hablando de romance, de sueños y de proyectos.
Falta poco para el aniversario de los 100 años de Maza. Si no ocurre nada grave, estaré presente el viernes 5 de mayo y el sábado en el almuerzo. Las fantasías del amor ausente me hacen suponer que los "veré" entre todos los que se junten para festejar en semejante fiesta del pueblo.
En fin, todo sigue su curso en la vida. Renace mi necesidad de continuar este baúl familiar. Me dejaré llevar como hasta el 10 de febrero. Hasta pronto.
Sigo imaginando que él y mamá andan paseando del brazo por la plaza de Maza, hablando de romance, de sueños y de proyectos.
Falta poco para el aniversario de los 100 años de Maza. Si no ocurre nada grave, estaré presente el viernes 5 de mayo y el sábado en el almuerzo. Las fantasías del amor ausente me hacen suponer que los "veré" entre todos los que se junten para festejar en semejante fiesta del pueblo.
En fin, todo sigue su curso en la vida. Renace mi necesidad de continuar este baúl familiar. Me dejaré llevar como hasta el 10 de febrero. Hasta pronto.
viernes, 10 de febrero de 2006
Papá murió hoy...
Esta mañana, a las 10:00, a los 86 años de edad mi papá, Ernesto Ignacio Virgili, se fue de nuestra vida después de una agonía de varios días. Los médicos dicen que la causa fue un paro cardiorrespiratorio por un cuadro infeccioso que se agravó en los últimos dos meses, pero yo creo que finalmente papá se rindió y encontró la manera de irse luego de 10 años de extrañar a mamá... no luchó más por estar aquí, y se fue nomás.
Hoy todo es muy confuso aún. Todavía uno no cae bien en la realidad de la ausencia definitiva que trae la muerte. Hoy es el tiempo de los trámites funerarios, manejados por comerciantes del dolor que sólo saben hablar de tarifas y ponen altísimos costos a la necesidad de dar cristiana sepultura a los seres queridos. Mañana lo enterraremos junto a mamá en un cementerio privado, como si el verde esplendoroso que nos cautiva a nosotros, también les gustara a ellos. En fin, es el obligado camino de los sepelios y de los ritos que nos dejan más tranquilos a los vivos que a los que murieron.
Saliendo de lo burocrático, queda una sensación de orfandad muy importante. A mis 57 años, ya abuelo, no me avergüenza sentirme un poco solo ahora que no tengo padres vivos. Es como sentirme soltado de una mano que si bien no necesitaba para andar, estaba tocándome desde el amor y desde la sangre para caminar por la vida. Ahora ni mamá ni papá están conmigo y ellos eran los únicos que tenían amor incondicional como todos los padres con sus hijos. Fui y soy un hijo independiente, pero ese afecto y contención paternales son irremplazables.
De papá puedo decir que se fue un grande, el último varón de los Virgili por parte del abuelo "Pepe". Queda solamente la tía María de tan numerosa familia. Mi cabeza es un torbellino de recuerdos y mi alma se rebela un poco aún a la realidad de su muerte, pero debía ser así nomás, era su tiempo de irse.
Tal vez para evadir un poco la angustia de la ausencia lo imagino a papá en un reencuentro deseado con mamá, quizás caminando nuevamente las calles de Maza como cuando se conocieron en su época de Delegado o bailando el tango "Tormenta", como aquella primera vez que pudo rodearla con sus brazos. Tal vez antes que eso se fue directamente para el campo de los abuelos en La Pala, con alpargatas, recorriendo nuevamente esa tierra y esos lugares que jamás pudo desprender de sus recuerdos y su nostalgia. Me haría feliz que esté allí en sus pagos mozos, donde vivió años inolvidables.
No lo dudo, estará alegre del brazo de mamá y rodeado de sus padres y hermanos, festejando un reencuentro que jamás dejó de desear con todo su corazón.
Papá era un hombre extraordinario, en todo sentido. Tuvo, como todos, aciertos y errores, pero fue un padre cabal. Lo que no le salió bien fue porque no supo o no pudo, pero jamás por no haber querido. Sin embargo, el balance es impecable: vivió para nosotros y por nosotros hasta el final.
Hoy he llorado y seguramente volveré a llorar, como los hombres y no como la criaturas. Lloré el dolor de tener que resignarme a no verlo nunca más, ni escuchar su voz y los relatos de su juventud, ni sentir su mano enorme en mi espalda o, peor, a no ver más la mirada de amor de sus ojos en los míos.
Tenía la ilusión de que llegara a mayo, para poder mostrarle el libro del centenario de Maza, donde aparecerá como el Delegado más antiguo con vida, pero no quiso esperar más. De todas formas, espero ir y, seguramente, su alma estará allí festejando con alegría y felicidad como uno más, con la satisfacción de haber cumplido... y también es seguro que lo veré entre la gente.
Soy creyente y él lo era también. No dudo que Dios le dejará cumplir estos sueños que evoco abreviadamente aquí, de regresar a sus pagos, donde fue feliz y donde dejó raíces que nunca se cortaron. En algunos años, espero que sea yo quien haga ese "viaje" para seguir juntando a la familia.
Por ahora, papá me deja un hondo hueco en la vida y en el alma, y no tiene solución.
Hoy todo es muy confuso aún. Todavía uno no cae bien en la realidad de la ausencia definitiva que trae la muerte. Hoy es el tiempo de los trámites funerarios, manejados por comerciantes del dolor que sólo saben hablar de tarifas y ponen altísimos costos a la necesidad de dar cristiana sepultura a los seres queridos. Mañana lo enterraremos junto a mamá en un cementerio privado, como si el verde esplendoroso que nos cautiva a nosotros, también les gustara a ellos. En fin, es el obligado camino de los sepelios y de los ritos que nos dejan más tranquilos a los vivos que a los que murieron.
Saliendo de lo burocrático, queda una sensación de orfandad muy importante. A mis 57 años, ya abuelo, no me avergüenza sentirme un poco solo ahora que no tengo padres vivos. Es como sentirme soltado de una mano que si bien no necesitaba para andar, estaba tocándome desde el amor y desde la sangre para caminar por la vida. Ahora ni mamá ni papá están conmigo y ellos eran los únicos que tenían amor incondicional como todos los padres con sus hijos. Fui y soy un hijo independiente, pero ese afecto y contención paternales son irremplazables.
De papá puedo decir que se fue un grande, el último varón de los Virgili por parte del abuelo "Pepe". Queda solamente la tía María de tan numerosa familia. Mi cabeza es un torbellino de recuerdos y mi alma se rebela un poco aún a la realidad de su muerte, pero debía ser así nomás, era su tiempo de irse.
Tal vez para evadir un poco la angustia de la ausencia lo imagino a papá en un reencuentro deseado con mamá, quizás caminando nuevamente las calles de Maza como cuando se conocieron en su época de Delegado o bailando el tango "Tormenta", como aquella primera vez que pudo rodearla con sus brazos. Tal vez antes que eso se fue directamente para el campo de los abuelos en La Pala, con alpargatas, recorriendo nuevamente esa tierra y esos lugares que jamás pudo desprender de sus recuerdos y su nostalgia. Me haría feliz que esté allí en sus pagos mozos, donde vivió años inolvidables.
No lo dudo, estará alegre del brazo de mamá y rodeado de sus padres y hermanos, festejando un reencuentro que jamás dejó de desear con todo su corazón.
Papá era un hombre extraordinario, en todo sentido. Tuvo, como todos, aciertos y errores, pero fue un padre cabal. Lo que no le salió bien fue porque no supo o no pudo, pero jamás por no haber querido. Sin embargo, el balance es impecable: vivió para nosotros y por nosotros hasta el final.
Hoy he llorado y seguramente volveré a llorar, como los hombres y no como la criaturas. Lloré el dolor de tener que resignarme a no verlo nunca más, ni escuchar su voz y los relatos de su juventud, ni sentir su mano enorme en mi espalda o, peor, a no ver más la mirada de amor de sus ojos en los míos.
Tenía la ilusión de que llegara a mayo, para poder mostrarle el libro del centenario de Maza, donde aparecerá como el Delegado más antiguo con vida, pero no quiso esperar más. De todas formas, espero ir y, seguramente, su alma estará allí festejando con alegría y felicidad como uno más, con la satisfacción de haber cumplido... y también es seguro que lo veré entre la gente.
Soy creyente y él lo era también. No dudo que Dios le dejará cumplir estos sueños que evoco abreviadamente aquí, de regresar a sus pagos, donde fue feliz y donde dejó raíces que nunca se cortaron. En algunos años, espero que sea yo quien haga ese "viaje" para seguir juntando a la familia.
Por ahora, papá me deja un hondo hueco en la vida y en el alma, y no tiene solución.
viernes, 13 de enero de 2006
Mis "viejos"

No está mal que empiece a mostrar un poco a mis padres y su historia en este "baúl familiar".
Mamá se llamaba María Justina Fernández y nació el 12 de agosto de 1922 en la ciudad de General Arenales, cabecera del partido de igual nombre un poco al norte de Junín en la provincia de Buenos Aires. En Arenales se crió y vivió hasta los 15 años. Mamá llegó hasta el tercer año de magisterio, ya que en ese nivel terminaba el nivel secundario en su época. Era hija de Eusebio Fernández y de Ángela Zeni. El abuelo era subcomisario y estaba asignado a esa localidad.
Si la memoria no me falla, de General Arenales trasladaron al abuelo a la subcomisaría de Labardén y desde allí a Villa Maza, aunque no recuerdo el año, pero sería por el principio de los años 40.
En Villa Maza se conocen con papá y luego de un noviazgo relativamente corto (que generó las sospechas de embarazo de algunos vecinos y vecinas), se casaron el 9 de noviembre de 1946. Para tranquilidad de esos vecinos, mi única hermana, María Susana, nació el 5 de octubre de 1947; es decir, a los 11 meses de casados!
La foto que agregué es del casamiento.
Mamá murió el 11 de octubre de 1996 en La Plata, luego de una enfermedad inesperada y terminal, que en apenas 5 meses la llevó desde la alegría y la salud que siempre la caracterizaron hasta la muerte. Tenía apenas 74 años y era tan hermosa como cuando se casó. Por esas cosas de la vida, cuando murió faltaban 28 días para que cumplieran los viejos sus 50 años de matrimonio.
Continuará...
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