jueves, 12 de octubre de 2006

La Pala/Murature... 2

No vayan a creer que me declaré ciudadano de La Pala únicamente por adhesión sentimental con mi papá. Desde mi niñez que íbamos con mis padres en el verano al campo del abuelo "Pepe".

Ese viaje era una tremenda aventura para un niño... imaginen: salíamos de La Plata hasta Buenos Aires, en tren. No recuerdo en qué íbamos de Constitución a Once, desde donde salía el tren a Catriló. Mi memoria atesorará por siempre ese traqueteo característico del tren con máquina a vapor y el ruido de las ruedas en las uniones de las vías. En Catriló esperábamos horas el transbordo al tren que nos llevaba a la estación Murature.

En esa estación, detrás de algo parecido a ligustros en la playa de estacionamiento, mientras se detenía el tren alcanzaba a ver, con la nariz pegada a la ventanilla, la trompa del Ford 35 del abuelo, que nos estaba esperando para llevarnos al campo. Era la gloria! Mis retinas siguen teniendo las imágenes de la trompa del Ford por la huella que va al campo, que estaba con menos pasto que hoy y con más arena también.

Llegar al campo era un poco estar en la tierra prometida... con tanto espacio y tantas cosas por ver y explorar! Contábamos con el afecto y los mimos de los abuelos, de las tías y de los tíos. El patio, el alambrado, el tanque autraliano con el molino, el aljibe, la arena, la casa y las siestas, el galpón del auto y el camión...

Amo esa tierra por mi abuelo, mi papá y mis tíos, pero también porque la viví y disfruté ilimitadamente, hasta que las cosas de los "grandes", como la muerte y las sucesiones, nos dejaron a todos sin campo y sin un pedazo de tierra para seguir visitando y sintiéndome parte de esa parte bonaerense tan querida.

Este centenario de La Pala fue de reencuentro, entre los que se cuenta el más feliz: después de decenas de años nos juntamos "casi" todos los primos hermanos vivos, faltaron solamente mi hermana María Susana y Pedro Angerami. Allá estaban Ellén, la vasca preciosa, hija de tía María (está a días de cumplir los 94 años!); Lucía, hija del tío Vicente, y Liliana, hija del tío Luis. No puedo explicar el amor que les tengo y el encuentro que fue grandioso, como si todos los días estuviésemos juntos, como si la sangre fuera suficiente para que el tiempo y la distancia no hagan sombra al amor familiar, al amor fraterno verdadero. Fue una dicha inmensa estar con ellos, los cuatro juntos.

En la foto el orden es, desde la izquierda: Lucía, yo, Ellén y Liliana. Los cuerpos denotan los años que pasaron, pero no demuestran la felicidad de estar abrazados... como siempre.

Seguiré en breve con el relato.

No hay comentarios.: