lunes, 30 de octubre de 2006

Postales del campo... 1

Ya había relatado cómo llegó el abuelo "Pepe" a poseer las 200 ha que tenía su campo hasta que lo vendieron después de su muerte. Sin embargo, quiero dejar registro aquí de los relatos de papá respecto a los dueños originales y vecinos del campo. Es probable que haya algún error propio de su memoria, aunque era prodigiosa, pero se debe acercar bastante a lo que aconteció.
Los relatos de papá los saqué de una filmación que le hice en febrero de 1994, cuando él tenía 75 años y disfrutaba tremendamente que yo le haga contar, por milésima vez, las historias desde su niñez hasta su adolescencia en esos pagos.

La foto es del año 1996, cuando quedaba de la casa del campo lo que fue el comedor y algunos tirantes del techo. Debajo del comedor estaba el sótano, que más adelante se verá el estado actual, como único rastro de lo que fue. Tengo filmaciones de 1993, cuando había aún algo de paredes de lo que eran los dormitorios y la cocina.

Mi abuelo compró campo al mismo tiempo que su hermanos Pacífico, Alejandro y Venancio. Lamentablemente no tengo precisiones sobre el año que ocurrió la adquisición (antes alquilaban). Eran años en que no había muchas herramientas ni métodos para labranza. El INTA les daba instrucciones de cómo sembrar en los medanales y a quemar el rastrojo después de las cosechas (el INTA fue creado en 1956, así que es seguro que papá le ha errado en esta parte del recuerdo).

Un lote de 100 ha se dividía en fracciones de 25 ha. El abuelo compró 50 ha, el cuñado Nicolás Di Yelsi 25 ha y Cipriano Ríos las otras 25 ha.

Al morir la esposa de Nicolás, le vende sus 25 ha al abuelo y él se vuelve a La Plata. Después muere Cipriano y su familia, antes de mudarse a Catriló, le vende sus 25 ha al abuelo, que se queda entonces con sus primeras 100 hs de campo.

Más adelante, le compró otras 100 ha a León Antoniana, con lo que llegó a las 200 hs que poseía. León fue el primero en comprar un Ford T en la zona.

Entre los vecinos del campo se contaban las familias Otero, Guerendiain (padres de Amelia, Clara, Blanca y Abel), Lodi (que tenía también el horno de ladrillos en la entrada del pueblo), el tío Venancio (compró la primera trilladora de la zona), el holandés Ardema(?) (sus 800 ha la compraron luego los Colombatto de Maza) y el tío Tomás Sarriés (con sus hermanos Isidoro y Cristóbal).

El campo del tío Tomás (casado con mi tía María Virgili), en el frente del campo del abuelo, era también de 200 ha. Originalmente fue de los Zucarelli, luego de José Guerendiain, que lo alquiló a los Marcalay(?) (oriundos de General Pirán, trajeron muchas ovejas, a cargo de un Sr. Michelei o algo así) cuando se fueron a Trenque Lauquen. Luego pasó a los González, que lo vendieron a los Sarriés.

La casa del campo original tenía un dormitorio, el comedor y la cocina. El abuelo hizo modificaciones y obras. Agregó el dormitorio de las tías, un baño interno, hizo el dormitorio de los tíos en la antigua cocina y construyó una más grande al costado, con galería. También construyó una despensa y lavadero en el costado derecho, mirando de frente la casa.

La pintura del comedor, con sus ribetes superiores, la hicieron los hermanos Salvador y Benedicto Garófalo, alrededor del año 1932. Usaban la técnica de pintar con distintas esponjas y colores. El trabajo estaba tan bien hecho que en la parte de tapera que se ve en la foto de 1996, aún se conservaba perfectamente claro el dibujo pintado (60 años después y a la intemperie!).

La casa tenía un patio rodeado por alambrado, dentro del cual estaba el aljibe, un tanque tipo australiano de material y el molino. El frente no daba hacia la tranquera, sino el costado derecho de la casa. La tranquera estaba a 200 m y eucaliptus muy grandes había en la parte de atrás e izquierda de la casa.

Actualmente el único rastro que queda, para quienes sabemos de la casa que existió, es un pozo medio relleno de lo que era el sótano y la boca del aljibe, que estaba a pocos metros de la galería. En las fotos, que son de este 8 de octubre, se observa ambos detalles, incluyéndome sentado en lo que queda del aljibe.
No sé de quién es el campo actualmente. Hace unos años me dijeron que de alguien de Maza, pero me gustaría averiguarlo para que sepa que, de vez en cuando, alguien salta el alambrado y camina emocionado hasta donde estaba la casa y el patio, y como el domingo 8, se queda rato largo mirando con los ojos y el corazón ese pedazo de tierra tan unido a las mejores raíces de la familia. Ya no está la tranquera donde estaba antes, sino en el potrero de al lado, pero aunque cada vez quedan menos rastros de lo que fue, también cada vez me atrae más y más pisar ese suelo y recordar cada imagen, aroma y sonido desde mi niñez.
Continuaré.

domingo, 29 de octubre de 2006

La Pala/Murature... 3

Algunas vivencias particulares del centenario ya he relatado. Quedan algunas aún, especiales, dentro de las que puede destacarse largamente el regalo tremendo que me hizo Ellén. Me trajo envuelto prolijamente el poncho que perteneció al abuelo "Pepe". No hay palabras que dejen explicar el sentimiento que me induce poseer y tocar ese poncho que tantos años cubrió el cuerpo del abuelo o, simplemente, llevó plegado en su hombro en tantas salidas. Está muy bien conservado a pesar de tantos años. No puedo calcular con precisión, pero suponiendo que lo tuvo desde su madurez, fácilmente tiene una antigüedad de 70 u 80 años.

En la foto, me está mostrando fotos de la tía María. Está observando Jorge Chávez (con gorra blanca), familiar político que dijo que leía las novedades de este blog, así que Jorge... ayudame a reconstruir pedazos de historia de los Virgili!

En el tumulto y emociones del reencuentro, no le pregunté a "la vasca" sobre cómo fue a parar a sus manos, aunque sospecho que le quedó a la tía María al morir el abuelo en su casa de Carhué.

Hace 3 semanas que estuvimos en el pueblo, todavía no se aquietan mis emociones de tantas cosas vividas y de tantos recuerdos que llegaron al galope desde mi memoria en esa tierra. Cada vez más me convenzo de que papá, los abuelos, los tíos y tías y sus amigos han festejado junto conmigo tan alegre aniversario, viendo a su pueblo engalanado y recorrido por tanta gente que también tiene un pedazo de sus raíces y su historia en el lugar.

Papá mencionaba siempre apellidos de familias que terminaron siendo familiares para mí, por ejemplo: Carrera, Betelú (decía que uno de ellos fue campeón provincial de pelota a paleta en 1939), Fernández, Garófalo, Guerendiain (una de ellas, Amelia, se casó con mi tío Andrés y murió cuando debía nacer su bebé), Páez, Cipolla, Martínez, Alcalde, Gallo, Sueldo, Saavedra, Sansevino, Rubio, Lupía, Cadena.

También relató que por el año 1940 La Pala tenía unas 10 cuadras (a lo largo de la vía) por otras 5 de fondo (entre la calle que va a la estación Murature y la que está al fondo, yendo al campo que era del abuelo. Decía que tenía en ese año 2 carnicerías, 2 peluquerías, 1 verdulería, 2 despachos de nafta y 2 bares/confitería.

Es una lástima que esté a 650 km de La Pala. Con gusto iría mucho más frecuentemente a recordar y a preguntar a los pobladores por la historia de mi familia. Paciencia.

jueves, 12 de octubre de 2006

La Pala/Murature... 2

No vayan a creer que me declaré ciudadano de La Pala únicamente por adhesión sentimental con mi papá. Desde mi niñez que íbamos con mis padres en el verano al campo del abuelo "Pepe".

Ese viaje era una tremenda aventura para un niño... imaginen: salíamos de La Plata hasta Buenos Aires, en tren. No recuerdo en qué íbamos de Constitución a Once, desde donde salía el tren a Catriló. Mi memoria atesorará por siempre ese traqueteo característico del tren con máquina a vapor y el ruido de las ruedas en las uniones de las vías. En Catriló esperábamos horas el transbordo al tren que nos llevaba a la estación Murature.

En esa estación, detrás de algo parecido a ligustros en la playa de estacionamiento, mientras se detenía el tren alcanzaba a ver, con la nariz pegada a la ventanilla, la trompa del Ford 35 del abuelo, que nos estaba esperando para llevarnos al campo. Era la gloria! Mis retinas siguen teniendo las imágenes de la trompa del Ford por la huella que va al campo, que estaba con menos pasto que hoy y con más arena también.

Llegar al campo era un poco estar en la tierra prometida... con tanto espacio y tantas cosas por ver y explorar! Contábamos con el afecto y los mimos de los abuelos, de las tías y de los tíos. El patio, el alambrado, el tanque autraliano con el molino, el aljibe, la arena, la casa y las siestas, el galpón del auto y el camión...

Amo esa tierra por mi abuelo, mi papá y mis tíos, pero también porque la viví y disfruté ilimitadamente, hasta que las cosas de los "grandes", como la muerte y las sucesiones, nos dejaron a todos sin campo y sin un pedazo de tierra para seguir visitando y sintiéndome parte de esa parte bonaerense tan querida.

Este centenario de La Pala fue de reencuentro, entre los que se cuenta el más feliz: después de decenas de años nos juntamos "casi" todos los primos hermanos vivos, faltaron solamente mi hermana María Susana y Pedro Angerami. Allá estaban Ellén, la vasca preciosa, hija de tía María (está a días de cumplir los 94 años!); Lucía, hija del tío Vicente, y Liliana, hija del tío Luis. No puedo explicar el amor que les tengo y el encuentro que fue grandioso, como si todos los días estuviésemos juntos, como si la sangre fuera suficiente para que el tiempo y la distancia no hagan sombra al amor familiar, al amor fraterno verdadero. Fue una dicha inmensa estar con ellos, los cuatro juntos.

En la foto el orden es, desde la izquierda: Lucía, yo, Ellén y Liliana. Los cuerpos denotan los años que pasaron, pero no demuestran la felicidad de estar abrazados... como siempre.

Seguiré en breve con el relato.

martes, 10 de octubre de 2006

La Pala/Murature... los 100 años!

Y llegó y pasó el aniversario Nº 100 del pueblo La Pala y de la estación Francisco Murature, este último domingo 8 de octubre.

El clima y la meteorología indicaban vientos fuertes, mucha tierra volando, los árboles arqueados, los pelos despeinados.

Los actos festivos indicaban muchísima organización, como en Maza en mayo... la calles, las casas, la pintura blanca, el pasto cortado, las banderas, el hospital móvil, la ambulancia, los bomberos, el palco y la banda pampeana de música.

El antiguo campo de fútbol, indicaba una gran fiesta con su carpa blanca, los centenares de comensales, las enormes parrillas con la carne, las decenas de mozos y la algarabía de tanta gente preparándose para disfrutar de la buena comida y la buena compañía.

El corazón... el mío... indicaba un tropel de emociones muy fuertes, porque semejante ceremonia y festejos estaban transcurriendo en la misma tierra de mis abuelos, mi papá y mis tíos... en el mismísimo Murature, donde en los primeros 20 años de su vida mi "viejo" recorrió miles de veces su calles, el club, la cancha de fútbol, la pista de baile, los negocios, el caminito al campo.

Estaba engalanado el pueblo, como lo merece. Estaba alegre el pueblo, como debió ser siempre. Estaba bullicioso el pueblo, con la "ropa de los domingos", como nos gustaría verlo siempre, como en aquellos días en que muchas familias vivían y trabajaban en La Pala.

No hay palabras. La arena es otra, el viento la lleva y la trae, pero las calles son las mismas. Allí nació y se crió papá, allí vivió una adolescencia que él mismo describía como "hermosa" y que repitió desde que yo tengo el primer recuerdo hasta casi el mismo día que murió: el 10 de febrero de este año.

Tanto lo amé a papá y tanto amó él a su tierra que hace tiempo la hice mía, así por herencia del amor nomás, sin pedir permiso a nadie y sin siquiera esperar por tener una partida de nacimiento de ese lugar. Este domingo que pasó, caminando algunas de sus cuadras, mirando sediento cada pedazo del pueblo, "prestándole" mis ojos a papá para que mire más de cerca, sin decirle a nadie me hice ciudadano de La Pala y sentí que esa tierra era tan mía como la sintió él, por el derecho de sangre, por el derecho de elección y por el derecho del amor. En ese acto me declaré habitante natural de La Pala/Murature. Ahora es también mi tierra, tanto como lo creyó el abuelo José, mi papá o mis tíos.

Fue todo impecable, a pesar del viento que se hizo presente. Faltaban los cardos ruso dando vuelta como veía en los viajes de mi niñez a esos pagos. Como dijo el Intendente: lleva seis centenarios festejados en su Partido, se nota la experiencia y el cuidado, que ha sido motorizado sin dudas por mi primo Jorge, que en mucho menos tiempo, ya lleva dos centenarios organizados en su espalda.

Viajé con mi esposa, mi hijo Germán y mi hija política Ingrid. Disfrutamos cada lugar que recorrimos y cada momento que compartimos con decenas de pobladores de los que están y de los que ya no están.

Me costó volver a la tarde, pero el viaje es bastante largo y antes quería pasar por el campo que fue del abuelo, así que a las 16:30 pegamos la vuelta con el alma llena de una extraña mezcla de emociones, las lindas, por haber podido estar, las tristes, por los que no pudieron acompañarme. Imaginaba a papá mostrándome con sus gestos habituales cada lugar que le fue tan cercano y admito que me pegaba fuerte la ausencia del viejo.

En fin, hubo reencuentros familiares como nunca y sentimientos en cantidad, pero eso lo dejo para el próximo relato.