Hoy pasé nuevamente por el campo que fue del abuelo "Pepe" en La Pala y por la estación Francisco Murature, de regreso de un viaje rápido pero fructífero compartiendo unas horas con las primas hermanas de Santa Rosa y de Bahía Blanca.
Es un afán inexplicable que ya comenté, como un llamado a estar ahí, pisando el mismo suelo que los abuelos, papá y los tíos apisonaron muchos años con sus vidas. Sea como fuese, mientras tenga movilidad y oportunidad seguiré pasando por ese campo, que hoy pertenece a una familia de Colonia Naveira pero que lo siento tan Virgili como en mi niñez.
Claro, cada viaje golpea un poco más desde la realidad de los cambios que el tiempo produce, incluyendo algunas sorpresas: el camino que derivaba en la tranquera original (que ya habían corrido unos metros, al potrero contiguo) está cerrado con un doble alambre de púas! A la vista se ha dejado de usar esa huella que recorrimos tantas veces la familia... y "da cosa" ver que algo que tuvo tanta vida ahora es llevado a la muerte del desuso.
Para poder llegar al campo del abuelo ahora se sigue derecho (400 m), se topa y dobla a la derecha y se recorre la huella hasta enfrentar una tranquera de dos hojas (875 m), que resulta la nueva entrada al campo, por lo que antiguamente era el lateral izquierdo, a la altura de separación de los grandes lotes.

La zona del campo donde estaba la casa ya fue cubierta por pastizales, arbustos y demás vegetación propia de la zona, hasta cubrir casi todo rastro de lo que fue una vivienda con una familia de padres y ocho hijos. No pude encontrar ni siquiera el pozo de lo que en su época era el sótano de la casa. Acongoja un poco pero no evita que pueda rememorar la felicidad de haber compartido allí parte de los mejores momentos de mi infancia o de estar donde se criaron papá y los tíos.
La estación de Murature corre igual suerte: los años y el abandono van haciendo su obra destructiva sin pausa. Los galpones ya tienen grandes muestras de destrucción en sus chapas, del techo sobre todo. Las vías denotan el uso frecuente, con lo que deduje que por lo menos los trenes de carga ponen un poco de vida ante tanto viento y desolación.

La edificación de la ex estación (tengo fresco en la memoria el andén lleno de gente!) ahora causa tristeza. Alguien parece vivir allí (no encontré a persona alguna en el rato que permanecí), porque en una de las habitaciones se ven animales de corral y al costado dos caballos pastando. Todo muy sucio y desprolijo.
Ya dije, no hay explicación y, seguramente, no debe ser importante encontrarle alguna más que la fuerza de las raíces y de la sangre. Espero volver nuevamente en pocos años. Sé que habrá más yuyos que hoy, que habrá menos que ver y, tal vez, más huellas cerradas por alambrados, pero el revivir las imágenes de ellos (los Virgili) me motiva más que suficiente para repetirlo.