Es un afán inexplicable que ya comenté, como un llamado a estar ahí, pisando el mismo suelo que los abuelos, papá y los tíos apisonaron muchos años con sus vidas. Sea como fuese, mientras tenga movilidad y oportunidad seguiré pasando por ese campo, que hoy pertenece a una familia de Colonia Naveira pero que lo siento tan Virgili como en mi niñez.
Claro, cada viaje golpea un poco más desde la realidad de los cambios que el tiempo produce, incluyendo algunas sorpresas: el camino que derivaba en la tranquera original (que ya habían corrido unos metros, al potrero contiguo) está cerrado con un doble alambre de púas! A la vista se ha dejado de usar esa huella que recorrimos tantas veces la familia... y "da cosa" ver que algo que tuvo tanta vida ahora es llevado a la muerte del desuso.
Para poder llegar al campo del abuelo ahora se sigue derecho (400 m), se topa y dobla a la derecha y se recorre la huella hasta enfrentar una tranquera de dos hojas (875 m), que resulta la nueva entrada al campo, por lo que antiguamente era el lateral izquierdo, a la altura de separación de los grandes lotes.
La estación de Murature corre igual suerte: los años y el abandono van haciendo su obra destructiva sin pausa. Los galpones ya tienen grandes muestras de destrucción en sus chapas, del techo sobre todo. Las vías denotan el uso frecuente, con lo que deduje que por lo menos los trenes de carga ponen un poco de vida ante tanto viento y desolación.
Ya dije, no hay explicación y, seguramente, no debe ser importante encontrarle alguna más que la fuerza de las raíces y de la sangre. Espero volver nuevamente en pocos años. Sé que habrá más yuyos que hoy, que habrá menos que ver y, tal vez, más huellas cerradas por alambrados, pero el revivir las imágenes de ellos (los Virgili) me motiva más que suficiente para repetirlo.
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